opresión y marginación de los criollos105. También había quienes proponían que la acción extranjera había sido decisiva a la hora de comprender los movimientos revolucionarios, de ahí los reparos que permanentemente aparecían en las sesiones de las Cortes y en las intervenciones de los secretarios respecto de este colectivo. Por su parte, ciertos memorialistas, como el ministro Moscoso de Altamira, entendían que el sujeto revolucionario —los disidentes— estaba conformado por un grupo muy reducido de aventureros procedentes de Europa o por individuos a los que poco les importaba el bien común, mientras que el grueso de la población seguía manteniendo su fidelidad al monarca106. Este secretario establece una triple tipología de los revolucionarios: el insurgente nativo, representante de los poderes locales y de las burguesías criollas; los disidentes españoles, muchos de ellos con responsabilidades en la administración y el ejército; y los agentes y tropas extranjeras107. Para otros, en cambio, entre los que se encontraba Cabrera de Nevares, el fenómeno era colectivo y se extendía a la mayor parte de los españoles americanos. Con su precisión característica, sentenciaba que la revolución era «[…] la obra de todo el pueblo americanos [y que] el espíritu revolucionario en las Américas es el sentimiento universal de todos los que han nacido en aquel país» (1821, pp. 59-60). Para el caso concreto del Perú, los testimonios de los ministros resultan ser muy parcos, incluso podría decirse que ingenuos, en la descripción de la naturaleza del movimiento, de sus causas y su de alcance social. De su lectura resulta imposible comprender cabalmente no solo las alternativas militares, sino también las dinámicas de poder peruanas que explican los sucesos posteriores a la ocupación de Lima por parte de los insurgentes. En este sentido, la visión que los secretarios transmiten a las Cortes es la de un Perú que hasta comienzos de 1822 se encontraba firmemente integrado dentro a la nación española, con un ejército y una población leales a la metrópoli, tanto en sus sectores populares como en sus grupos elitistas. Aquí, cuando la insurgencia comenzara a extenderse, sería fundamentalmente por el poderío de las tropas venidas de afuera. En cuanto a las menciones concretas a la guerra en el Perú, la primera intervención de los ministros de Ultramar transmite tranquilidad y control de la situación pese a que sus noticias son pocas, vagas e incluso en ocasiones imprecisas. Según Porcel, el Bajo Perú permanecía sin sobresaltos y sus habitantes, sobre todo los indios, continuaban dando las 86
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