mediados de Abril último las noticias que llegaron de las novedades ocurridas en España; siendo de notar que en la violenta explosión de su júbilo no se experimentó el menor desorden ni exceso. Igual acontecimiento debe esperarse de Puerto Rico, en todo el continente de América y en las islas Filipinas, porque solo a quienes han errado voluntariamente por conveniencia de su interés privado ha podido ocurrírsele el frenético pensamiento de contemplarse capaz de ser más fuertes y superiores que la opinión, este motor universal que dirige activamente todas las acciones de la porción más ilustrada de los pueblos para velar sobre las acciones y sistemas de los gobiernos de un modo infalible, imparcial y vigoroso (1871[1820], p. 59). Era preciso, por tanto, potenciar el nexo de la unión transatlántica desarrollando la marina mercantil y la militar para que se constituyera en el «[…] vínculo natural que ha de unir de una manera indisoluble la España europea y la de Ultramar, haciendo de ambas una sola nación por analogía, por amor, por necesidad y por conveniencia» (Jabat, 1871[1820], p. 159). El comercio, como se aseguraba, «[…] necesita toda protección y cualquiera que se le dispense es empleada con fruto y rendimiento. Pero este mismo comercio es quien debe fomentar y ser el justo regulador de la fuerza que lo ha de amparar». Sin embargo, el comercio hispánico estaba atravesando una situación muy delicada y la marina de guerra era absolutamente incapaz de proteger los intercambios y de asegurar la dotación mínima de dos embarcaciones en el Pacífico y de otras dos de escolta hasta la Península, que estimaba suficientes el secretario de Marina Juan Jabat (1871[1821], p. 420). El futuro de esa república mercantil transatlántica resultaba bastante incierto porque, según explicaban los ministros, los problemas no eran coyunturales y vinculados al contexto de guerra, sino estructurales y comprendían a buena parte de la Monarquía. En 1822, ensayando un dictamen sobre el estado de la marina mercante, el ministro de Marina sugirió que no había mejorado porque la deficiencia […] nace de que no está en actividad la agricultura y las artes, de que se mantiene paralizado el comercio y se halla en abandono la navegación. En la prosperidad de estos ramos ha de fundar la suya la marina militar; y si ellos no la fecundizan, ni tendremos bajeles que alejen la guerra de las costas y protejan el comercio, ni buques que trafiquen, ni embarcaciones que pesquen (Romarate, 1872[1822], p. 195). Curiosamente, a pesar de que el comercio americano fue objeto de un intenso debate durante la primera legislatura —que se saldó con importantes medidas regulatorias de los intercambios transatlánticos— y 82
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