dominación despótica y sanguinaria en la que la administración de la justicia estaba corrompida y los derechos del hombre atrozmente vulnerados (1821, p. 18). Un régimen, en definitiva, sin libertad. Según sus elocuentes palabras, Ni la conocen, ni siguiera la saben definir. Su revolución no es efecto del espíritu del siglo en que vivimos: no es aquel esfuerzo noble y generoso que actualmente emplean los pueblos de Europa luchando contra los gobiernos absolutos y contra los monarcas despóticos: no es un movimiento producido por la heroica resolución de vivir libres; es un paso retrógrado en la marcha majestuosa de las generaciones presentes: es un fenómeno desconocido y nuevo en el mundo político, del cual no hallaremos un ejemplo en la historia de las revoluciones de los imperios. La madre patria es en el día libre, y las colonias son esclavas: la metrópoli extiende su mano, y les ofrece el código precioso donde se contiene el compendio de su verdadera libertad; y la América le desprecia. La España destruye la Inquisición, las Américas la restablecen. La España reprime el poder arbitrario de un monarca que antes tenía la desgracia de ser absoluto; las Américas crean dictadores, y erigen directorios ejecutivos sin la menor restricción en su poder despótico. La España les brinda con la libertad de imprenta; los gobiernos de América la miran como nociva a la sociedad y la prohíben. Los españoles les llaman hermanos; y ellos nos apellidan verdugos. Las naciones más cultas de la ilustrada Europa imitan nuestra Constitución y adoptan nuestras leyes como un modelo de sabiduría; y los americanos nos llaman raza de bestias. La España camina hacia su felicidad a pasos de gigante, la América vuelve a los siglos de barbarie con su prematura emancipación, teniendo la libertad en los labios y los grillos en los pies (1821, pp. 19-20). «BASTANTE CELO, AUNQUE POCA FORTUNA»: LA CONTINUIDAD DE LA GESTIÓN AMERICANA97 Probablemente una de las circunstancias que más llama la atención al lector contemporáneo es la trascendencia concedida por los ministros de Ultramar a la gestión y el desarrollo de los territorios transatlánticos. Con buena parte de América sublevada y con algunos espacios prácticamente perdidos, no solo los secretarios, sino también las Cortes, parecían desentenderse de la realidad ultramarina para continuar legislando. A decir de Anna, se tiene la impresión de haberse generado un «aire de irrealidad» en el cúmulo de leyes y decretos destinados a un impero que ya no existía efectivamente (1986, p. 288). Por ejemplo, este fenómeno se refleja en las intervenciones parlamentarias de Ramón Gil de la Cuadra y, en menor 74
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