La independencia inconcebible

Claro que esta visión tan entusiástica no alcanzó a enmascarar las dificultades con las que debían lidiar los secretarios, ya que en ocasiones tuvieron que asumir que el pasaje no cumpliría todas las expectativas, al menos en el corto plazo. Con respecto al ramo de Hacienda, por ejemplo, José Canga Argüelles esbozaba en su memoria de 1820 —en sintonía con sus semejantes— la antítesis con la situación anterior a la Constitución, reconociendo que el nuevo sistema político había detenido el «[…] rápido curso de las desgracias». Sin embargo, también se vio forzado a reconocer que no había alcanzado a revertir la situación del erario, que continuaba amenazado por la extrema urgencia financiera (Canga Argüelles, 1871[1820], p. 80). De un modo más acusado aún, el tono optimista mantenido al comienzo del régimen liberal va mostrando un claro retroceso a medida que avanzaba el Trienio. En concreto, va desapareciendo de las memorias hasta el punto de que, en el texto de José María Moscoso de Altamira, leído en 1822, apenas se introducían algunas frases, más de formalidad que de genuina esperanza en el futuro, mientras que la opción militar ganaba terreno al acuerdo político y a la negociación. Este cambio de actitud se sintetiza claramente en las palabras del secretario de Marina, Luis Balanzat, que aseguraba que […] una funesta realidad vino a desvanecer tan risueña perspectiva. Ni el feliz cambio de nuestro sistema político ni las medidas conciliatorias que se emplearon, fueron bastantes para calmar la agitación, ni menos produjeron el resultado que se deseaba las negociaciones que principiaron a establecerse (1872[1822], p. 123). Ahora bien, si por un lado las virtudes del régimen constitucional se contraponían al absolutismo, por otro también servían para minar en el terreno discursivo la posición de los insurgentes y su organización política. Según afirmaba Porcel, en una larga pero esclarecedora cita que complementaba su visión del régimen liberal al mismo tiempo que establecía un contrapunto con los gobiernos surgidos de las revoluciones americanas, Fernando VII esperaba […] que los pueblos, cansados de sus repetidos desastres, de promesas quiméricas y de ilusiones que nunca ven realizadas, se detengan a considerar lo que tenían, y lo que han perdido; lo que se les ofrece por uno y otro lado, y lo que pueden conseguir a menos riesgo y poca costa: cuál les proporcionará mayores bienes y ventajas: o una paz que pueden consolidar al instante de un modo digno y decoroso, o una guerra civil y sangrienta de éxito incierto y de un término 72

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