Moviéndose en esta tesitura, Porcel afirmaba que el comienzo del régimen era […] el mejor y más preciso instante de reunir los ánimos de todos sus súbditos en ambos hemisferios; de aquietarlos y traerlos hacia el nuevo gobierno paternal y justo que había adoptado, y que contiene todos los elementos de la prosperidad de la monarquía y bien individual de los que la componen; de desvanecer errores, satisfacer quejas, contener excesos; y en suma, de crear un espíritu público que calmase las inquietudes y llenase a todos de esperanza y consuelo por la risueña perspectiva que ofrece fundamentalmente un régimen estable y combinado, y cuya alteración toca en la línea de lo imposible (Porcel, 1871[1820], p. 55). El marqués de las Amarillas, ministro de Guerra durante la primera legislatura, ahondaba en este sentimiento teleológico anejo a la Constitución, anticipando que las «[…] nuevas instituciones nos unirán, como nos unía ya la naturaleza, y harán envidiable la suerte de los individuos de la Nación magnánima a que pertenecemos» (Girón Las Casas, 1871[1820], p. 140). En este sentido, cuando analizaba la situación del ejército de Morillo en Costa Firme llegó a afirmar que este general se hallaría «[…] con poca esperanza de poder conservar sin auxilio las principales plazas sobre las que se apoyaba […] si la fortuna del feliz cambio político, de que con razón esperamos tan ventajosos resultados, no acudiese a liberarlo de tan terrible fin» (Girón Las Casas, 1871[1820], p. 146). Como se puede constatar, para Porcel el régimen constitucional, siendo un sistema combinado, era la garantía de estabilidad que necesitaba el cuerpo político en una coyuntura tan compleja como la que se estaba sobrellevando. Se trataba de una organización que se adecuaba a la naturaleza de las cosas, al mismo tiempo que fundamentaba la autoridad legítima, la concordia, y promovía el desarrollo. Aquello que sostenía el artículo trece de la Constitución de Cádiz acerca de que «[…] el objetivo del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de una sociedad no es otro que el bienestar de los individuos que la componen», parecía resonar en el texto Porcel que resultaba un auténtico credo del sistema liberal. Pero el restablecimiento constitucional no solo era una ocasión para que la nación recobrara sus derechos. Como puntualizaba Juan Jabat, secretario de Marina, el otro gran beneficiario sería el propio monarca, ya que con el nuevo sistema político alcanzaría toda su dignidad (Jabat, 1871[1820], p. 159). 71
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