San Martín y Cochrane era en gran parte cierto y hasta se quedó corto en el alcance de la confiscación pecuniaria. Este desencuentro comenzó en agosto de 1822, cuando ambos líderes no llegaron a un acuerdo acerca del pago atrasado a los marinos chilenos que formaban parte de la escuadra. San Martín adujo a Cochrane que ese dinero debía proporcionarlo el gobierno chileno y no el peruano. Al mes siguiente, Cochrane, al advertir que sus subalternos estaban al borde del motín por no recibir sus salarios, en una decisión tomada a la desesperada, ordenó a su escuadra apoderarse de unos fondos del gobierno peruano y particulares que llegaron a saber se guardaba en embarcaciones apostadas en el puerto de Ancón. El botín fue de 400 000 pesos, pero Cochrane tomó 285 000 y lo repartió entre sus marinos. El resto fue devuelto a los propietarios particulares (Lynch, 2009, pp. 203-205). San Martín, al enterarse de este acto de piratería —así lo calificó—, rompió con Cochrane y ordenó su salida del Callao. Este no hizo caso a su autoridad y siguió navegando el litoral peruano hasta que, motu proprio, el almirante inglés decidió retornar con su escuadra a Valparaíso, donde fue recibido con honores de héroe. Las repercusiones de la inesperada fractura en el liderazgo de la Expedición Libertadora produjeron las primeras desavenencias entre San Martín y el supremo director Bernardo O’Higgins, especialmente por las simpatías hacia el establecimiento de la monarquía en la nueva nación que aquel hacía públicas en Lima para halagar a su vieja élite. De esta discrepancia también hicieron eco los periódicos españoles con ánimo celebratorio. Con ocasión de una noticia que llegó a Madrid acerca de una orden de destierro a la provincia chilena de Chillán de varios obispos, entre ellos los de Trujillo y Huamanga, por predicar y confesar sin el consentimiento del gobernante a sacerdotes regulares y seculares europeos, se destacó que «estando mal O’Ingens [sic] con el Libertador del Perú los dejó libres a su arribo a Valparaíso, pues hasta las gacetas de Buenos Aires dicen que empieza a criticar algunas disposiciones del héroe del Perú»66. La prensa española prestó especial atención al tratamiento que San Martín brindó a la población limeña y, especialmente, a los nobles nacidos en la Península Ibérica (Rizo Patrón, 2000, pp. 238-243). En el periódico gaditano se reprodujo, sin comentario alguno, el decreto firmado por el ministro de Hacienda, Hipólito Unanue, por el que se ordenaba el embargo de todas las propiedades de los españoles europeos ausentes de la capital67. Esta fue la última información brindada sobre el estado del Perú por el Diario Mercantil. Más explícitas fueron las páginas de El Universal, 49
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