Bernardo de Monteagudo, quienes, concluida la guerra, abrirían un programa de reformas de gran calado institucional (Orrego, 2012, p. 249). En lo económico, la Hacienda seguía sin mostrar pulso y los proyectos de reforma discutidos en el Congreso acababan pronto en el olvido554. Entonces Bolívar intentó romper la atonía impositiva. Sin embargo, la cascada de heterogéneas medidas no formó parte de un plan fiscal pensado y coherente. El abanico inconexo de iniciativas perseguía la urgente consecución de fondos con los que restablecer un flujo de capitales hacia el Estado que permitiese una mínima operatividad. Primero, imponiendo una contribución forzosa directa por un monto total de 400 000 pesos en cuatro mensualidades555. Segundo, aprobando un empréstito sobre el comercio de Lima por 200 000 pesos. A cambio, el grado de privatización de los fondos de la Hacienda Pública alcanzó su máximo nivel cuando el gobierno llegó a ceder a favor de los prestamistas dos tercios de las cuotas de derechos de aranceles y entregó de iure la gestión de la Aduana al sector556. Tercero, creando la única contribución mediante decreto del 12 marzo de 1824557. Y cuarto, impulsando una profunda revisión de los derechos de aduanas elevando hasta un 35% los de importación y un 20% los de exportación558. Finalmente, el proceso de vivificación impositiva acabó enlazando con el segundo empréstito de Londres, el cual permitió la inyección, en enero de 1825, de 200 385 libras esterlinas. Sin embargo, la suspensión de pagos exterior que el Estado llevó a cabo en octubre de 1825 fue la prueba de que los problemas no quedaron resueltos. Desde el 10 de febrero de 1824 Hipólito Unanue volvía a tomar las riendas del Ministerio de Hacienda con planteamientos renovados. El incompleto proceso de reestructuración fiscal evidenció el abandono por parte del Ministerio de las líneas maestras de la política de baja presión fiscal. La experiencia del desarme impositivo había sido costosa y a punto estuvo en diversas ocasiones de paralizar la acción del Estado. Concluida la guerra a finales de 1824 quedaba por delante un largo camino para la reorganización y el replanteamiento de la Hacienda de la República del Perú. Unanue relató en 1825 la extraordinaria situación de la Hacienda un año después de terminada la guerra: En el tiempo en que la patria ha luchado, con varia suerte, para conseguir su independencia, he sido llamado tres veces a desempeñar el Ministerio de Hacienda. En las dos primeras existían algunas ruinas para reparar el edificio; mas ahora han desaparecido hasta los escombros (Dancuart, 1902, I, p. 259). 347
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