Cuando publicaron su carta del 2 de enero, Valle Umbroso y Seoane ya tenían conocimiento de la impresión en Madrid del Manifiesto del virrey depuesto en el que, a partir de seis ideas generales y diez cargos, refutaba documentadamente a los firmantes del pronunciamiento de Aznapuquio (Pezuela, 1821). A pesar de no contar con un ejemplar del mismo, los emisarios lasernistas consideraron en dicha misiva que aquella obra era tan nociva para los intereses nacionales en España y América como la carta hecha pública por su hijo en El Imparcial. En estas circunstancias, estos sabían que se encontraban en una permanente indefensión discursiva frente a su adversario pezuelista al no poder aportar como prueba de sus aseveraciones la documentación oficial generada en Aznapuquio que debieron arrojar al mar muy cerca de Río de Janeiro. Manuel de la Pezuela respondió por segunda vez a Valle Umbroso y Seoane, esta vez en las páginas del periódico liberal madrileño El Universal. En esta ocasión, la descalificación política de los dos emisarios lasernistas se hizo más intensa al comprobar el hijo del exvirrey que ambos carecían de documento alguno con el que pudieran avalar sus afirmaciones: destituidos de pruebas para dar a su conducta alguna apariencia de justicia, y temerosos de la execración general a que los hacen acreedores los gravísimos males que han causado a la patria, procuran aún con singular sangre fría seducir la opinión pública afeando el comportamiento de mi padre con las notas más injuriosas, cuya justificación ofrecen para una época indefinida22. En contraste con esta confesa ausencia de pruebas, Manuel de la Pezuela se ufanaba de contar con abundante documentación de su padre que respaldaba sus afirmaciones, de ahí que resaltara que «la exactitud de mis ideas no está expuesta a las fragilidades de mi memoria, corresponde a los documentos incontrastables que he tenido a la vista». Entre los argumentos de los dos emisarios que Pezuela se impuso desmentir estuvieron que el pueblo y el ejército estaban contentos con el cambio de gobierno. Se pregunta el hijo del virrey destituido «¿qué había de hacer la pacífica y desarmada población de Lima contra la facción dominadora?». Afirmaba que los enemigos de Buenos Aires expresaron su malestar por el relevo y que, por el contrario, «los insurgentes se han valido de toda clase de medios y artificios para desacreditar al general Pezuela, porque ha sido el enemigo que más temían». Pezuela otorgó nulo valor al supuesto pliego reservado esgrimido por el general La Serna en Aznapuquio como 32
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