La independencia inconcebible

justificante para asumir el mando político y militar. Más bien adujo que ese documento nunca había circulado en Lima antes del 29 de enero ni «jamás servirá [un pliego] para autorizar una elevación con atropellamiento manifiesto de nuestras principales instituciones». En contra de lo argumentado por los golpistas de que lo obrado en Aznapuquio tenía el refrendo de S. M. por haber confirmado al general La Serna en sus funciones, aquel replicó que eso no significa nada porque «S. M. obró con prudente política, atendidas las circunstancias del Perú». Ante un virrey, en referencia a su padre, que había antepuesto el servicio a la nación a los intereses familiares, que con recursos desventajosos había infligido bajas al Ejército Libertador y que tenía los conocimientos necesarios para conservar el Perú, Manuel de la Pezuela opuso la conducta criminal de La Serna «y sus adictos [que] desde su llegada a América, emplearon los más maliciosos arbitrios para desacreditarle y usurpar su autoridad para dominar exclusivamente en el país»23. Valle Umbroso y Seoane guardaron silencio ante las nuevas acusaciones y por eso la polémica con Manuel de la Pezuela concluyó con la carta publicada por este en El Universal; sin embargo, la sensación de incertidumbre sobre si el general La Serna obró o no correctamente al destituir al virrey se posesionó de una pequeña parte de la opinión pública. Por ejemplo, un lector, bajo las siglas de M.S., envió una carta al Diario Mercantil de Cádiz en la que, a propósito de la destitución del virrey del Perú, opinó que le parecía reprobable «y muy mal en todos sentidos, la variación de mandos por la fuerza de la bayoneta, cuando ella no lleva por objeto el afirmar la Constitución y sacudir el despotismo»24. Tácitamente, este lector daba a entender que lo ocurrido en Lima en enero de 1821 no podía compararse con el cambio político ocurrido en la Península Ibérica en marzo de 1820. Ni La Serna podía considerarse como un émulo de Riego ni el «oficio de intimación» de Aznapuquio debía ser considerado como un refrendo del pronunciamiento militar de Cabezas de San Juan del 1 de enero de 1820. Este argumento, en parte utilizado por los emisarios de La Serna en la prensa para tornar a su favor a la opinión pública española, no tuvo mayor fortuna25; pero, para el sector mayoritario de periodistas y lectores de la época del Trienio, La Serna debía ganarse ese reconocimiento en el campo de batalla. El triunfo militar de los «nacionales» leales a la Monarquía liberal sobre los «disidentes» americanos era la única alternativa que podía legitimar al nuevo virrey. 33

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