La independencia inconcebible

impositivo de la naciente República peruana» (2010, p. 328). La política fiscal respondió a las necesidades de un Imperio sin un plan económico ordenado y militarmente acosado, y los virreyes llevaron a cabo una política hacendística que fue desmontando progresivamente la reforma borbónica. La figura del intendente fue desnaturalizada y el aparato fiscal se vio paulatinamente privatizado cuando una mayor parte de la deuda pasó a ser gestionada por agentes privados. Las estructuras de la Real Hacienda fueron desdibujadas, adquiriendo una enorme influencia los comités consultivos no gubernamentales en los que la aristocracia y las corporaciones privadas recuperaban un poder político y económico embridado por el centralismo dieciochesco. Desplazar de la acción de gobierno a la Junta Superior de Hacienda a favor de los consejos consultivos, significó acercar al virrey a las élites locales y a estas al centro de poder. El inicio de la etapa de negociación y concesión permitió a los grupos de influencia colonial, sin filtros interpuestos, asesorar en los asuntos relacionados con la economía y las finanzas, influir en la resolución de litigios vinculados a temas fiscales y decidir en el manejo de la materia hacendística. Por otra parte, durante el primer liberalismo la figura del virrey transitó por un camino ignoto, gobernar sin rey pero con Cortes, y con una Península invadida por una potencia extranjera. Lynch ratificó la imagen de Abascal como la de un virrey que entorpeció la aplicación de la Constitución de 1812 por considerarla demasiado radical (1989, p. 165). Para O’Phelan el virrey demoró y revirtió las directivas de Cádiz amparado en la inestabilidad del contexto (2012, p. 196). Y en palabras de Peralta: «La entrada en vigor de la Constitución doceañista debilitó el espacio de poder de Abascal y le obligó a emprender acciones legales e ilegales para contener la pérdida de autoridad que le supuso acatar el liberalismo hispánico» (2006, p. 192). El conducto del poder político que unía al virreinato con la metrópoli quedó reducido a un fino hilo con escasa autoridad central que permitió reforzar la figura del virrey. En el reverso del proceso emergió un poder virreinal arbitrario, de soterrada desobediencia a la Constitución y en ocasiones contradictorio en su acción de gobierno. En la ambigüedad se sentaron las bases, simultáneamente, de la fuerza y la debilidad de la autoridad virreinal. La política hacendística, atrapada entre la urgencia de la guerra y los límites impuestos por la élite económica local deambuló sin pulso reformista por los viejos caminos de un renovado «pacto colonial». 324

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