La independencia inconcebible

Pero todo empezó a alterarse con el cambio de siglo. En términos generales, y a pesar de la fragmentación y la errática disponibilidad de datos cuantitativos —fuentes del comercio registrado y recaudación de impuestos— podemos constatar la tendencia decreciente en la práctica totalidad de los sectores económicos (Chocano, 2010, pp. 33-36). Para la dinámica antes descrita valga como ejemplo ilustrativo el sector minero, actividad clave por sus «enlaces anteriores» y con papel predominante en los circuitos comerciales, que en el período correspondiente a 1816-1820 sufrió una caída de más del 30% (Contreras, 2010, p. 157). A la pérdida de impulso por parte del principal sector productivo se sumó la desarticulación comercial506. La larga guerra entre España y Gran Bretaña, iniciada en 1796 y concluida en 1808, con el breve paréntesis de 1802-1804, enlazó con la invasión francesa de la Península y supuso la desarticulación progresiva del comercio internacional entre España y América. El colapso final se fraguó a partir de 1810 con el inicio de los procesos de independencia hispanoamericanos. El bloqueo del puerto de Cádiz por parte de la armada británica en 1797 significó un shock comercial sin precedentes. La inseguridad que ofrecía el Atlántico condenó a mercancías y tesoros a una larga espera en los almacenes portuarios, como fue el caso de los más de cinco millones de pesos que quedaron bloqueados en el puerto de Buenos Aires procedentes del Callao (Fisher, 1993, p. 46). La Corona, obligada ante la realidad impuesta por la guerra y con el objetivo de mantener un cierto control sobre los flujos comerciales, emitió la Real Orden del 18 de noviembre de 1797 consistente en el permiso del comercio con América en barcos neutrales. La porosidad del propio reglamento del comercio neutral y el interés americano por avanzar más decididamente hacia un comercio directo abrieron grietas irreparables en la vieja estructura colonial. La Real Orden del 20 de abril de 1799, que revocó la concesión del comercio neutral, se reveló como un notable intento por parte de la metrópoli de encauzar la situación. Sin embargo, la excepción contemplada en la misma norma para «casos urgentes de necesidad» abrió las puertas al general incumplimiento. La Paz de Amiens de 1802 significó un breve respiro para un imperio extenuado. El tráfico mercantil volvió a crecer, aunque a tasas modestas, y las autoridades metropolitanas volvieron a acariciar la posibilidad del retorno a un comercio regulado (ver gráfico 3). Pero el sueño duró poco. El reinicio de las hostilidades con Gran Bretaña en 1804 provocó la abrupta caída del comercio, y la derrota en la batalla de Trafalgar en 1805 borró la 320

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