rey. La coyuntura con Pezuela no podía ser más desalentadora a pesar de estar vigente el segundo liberalismo político porque, «al mismo tiempo que envidiábamos a los dichosos habitantes de la península por el goce de los incomparables bienes de la constitución, a nosotros no se nos presentaba más que la horrorosa expectativa de cadenas, de destierros, de confiscaciones y de asesinatos; ya no pensábamos más que en asegurar nuestra libertad y nuestra vida por medio de la fuga». Pero este rumbo hacia la ruina se interrumpió cuando el general La Serna asumió el mando como resultado del pronunciamiento de Aznapuquio. Esta noticia, prosigue F.L., hizo estallar el entusiasmo del ejército y del pueblo porque en adelante la táctica sería enfrentar al ejército libertador con «pruebas de valor y constancia de los españoles de ambos mundos». La carta concluyó que con el nuevo gobierno se había devuelto el optimismo a todas las clases, que la imprenta libre, «que tan muerta había estado en tiempos del señor Pezuela», se había autorizado para informar y orientar a la opinión pública y que «Lima que antes del 29 de enero no presentaba otro aspecto que el de un pueblo aterrado, empieza en medio de los peligros que aun nos rodean a respirar un aire de confianza que es el mayor pronóstico de nuestros futuros destinos…». Los lectores que a través de la prensa liberal madrileña estaban interesados en las noticias procedentes del Perú debieron tener claro con la publicación de la carta de F.L. que el relevo del general Pezuela era un viraje político necesario si se quería evitar la derrota ante el Ejército Libertador. A través de esta misiva se proyectó además que La Serna, como un digno émulo de Rafael de Riego, no solo interrumpió un desgobierno personalista y cuasi absolutista como el de Pezuela, sino que restableció las libertades autorizadas por la segunda vigencia de la Constitución de 1812. No obstante, el extenso comunicado que Manuel de la Pezuela, hijo del destituido virrey, hizo publicar semanas después en El Imparcial, previo reclamo de imparcialidad por parte de los editores, puso por primera vez en cuestionamiento lo argumentado a favor de su causa por los lasernistas. De la Pezuela no dudó en identificar a los autores de la carta escrita bajo el seudónimo de F.L. como los emisarios enviados por La Serna a Madrid, Seoane y el marqués de Valle Umbroso, para justificar su conducta: «…la carta inserta en El Espectador del 29 de octubre último que suena escrita en aquella ciudad […] se puede creer lo ha sido en esta Corte por dos de los jefes subscriptores que el nuevo gobierno del Perú ha enviado a esta capital, según dicen a pedir fuerzas 29
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