La Serna en la prensa liberal madrileña, pero generaron una polémica con Manuel de la Pezuela, hijo del virrey destituido. Entre el 15 y 16 de setiembre de 1821 se publicó en la sección «Noticias de Ultramar» de El Imparcial el manifiesto de Aznapuquio. Los editores encabezaron la publicación de este documento con un breve comentario acerca del estado de tranquilidad que se vivía en Lima a pesar de la presencia del ejército de San Martín, a la que siguieron estas palabras preliminares: «Publicamos la siguiente copia del oficio que los jefes del ejército nacional pasaron al Excmo. Señor Virrey del Perú, el cual da a conocer del modo más positivo el estado de aquel reino, sirviendo al mismo tiempo para hacer reflexiones profundas sobre todo el contenido y resultas de tal documento». Tácitamente, el periódico juzgaba como positivo el resultado del pronunciamiento de los militares y aprobaba las motivaciones aducidas por los militares liderados por La Serna para relevar a Pezuela. No hubo ninguna reacción de los lectores ante esta noticia y tal silencio se asemejaba al que mantuvieron el rey y el gobierno constitucional sobre esta materia. Coincidiendo con la llegada a Madrid del marqués de Valle Umbroso y Antonio Seoane, apareció a fines de octubre de 1821 en el periódico madrileño El Espectador una extensa carta, firmada con las siglas F. L., a otro anónimo amigo que hacía referencia a la situación del gobierno virreinal peruano. Comenzaba con un lacónico recuerdo de la última misiva enviada por aquel a este el 25 de enero en la que F. L. se lamentaba «del triste estado a que nos hallamos reducidos sin la más remota esperanza de parar la catástrofe que nos amenazaba», en referencia a la inevitable ocupación de Lima por el Ejército Libertador por la culpa de un gobierno como el de Pezuela, que no inspiraba ninguna confianza. Pero todo ello había cambiado tras el «sacudimiento vigoroso» del manifiesto de 29 de enero, que proporcionó una nueva esperanza a la opinión pública ya que «todo consistía en la separación de este jefe principal [Pezuela], autor de nuestras desgracias y cuyo descrédito había llegado a tal punto que sus providencias eran o eludidas o abiertamente desobedecidas por las otras autoridades»17. En la carta se advierte una insospechada animadversión hacia el virrey destituido y se le responsabiliza tanto a él como a sus asesores del desgobierno y de que muchos ciudadanos apoyaran al bando enemigo, como también de que el ejército experimentara una alta deserción. El resultado inevitable de esa situación habría sido el estallido de una guerra civil entre los mismos defensores del 28
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