La independencia inconcebible

entender el liberalismo, no excluyentes pero sí incompatibles, y que para justificarse necesitaban desarmar al otro (Peralta, 2001). Las negociaciones fueron el crisol en el que se explicitaron las relaciones de poder a distintos niveles y en su curso se forjaron y recrudecieron tensiones y conflictos. Las reglas del juego fueron minuciosamente respetadas, de forma que los encuentros oficiales fueron precedidos de intercambios previos (notas verbales y escritas) para fijar lugares, fechas y normas de protocolo. Se cuidó al máximo la manera como debían dirigirse unos hacia los otros, provocándose incidentes cuando una de las partes no se comportó de manera idónea. Los pasos que se siguieron en Miraflores y Punchauca guardaban semejanzas: invitación de los virreyes a San Martín, elección del lugar, nombramiento de comisionados y entrega de instrucciones; después, celebración de sesiones, que llevaron a la firma de un armisticio para iniciar negociaciones (ocho días el de Miraflores; veinte el de Punchauca, que se prorrogaría); aparición de divergencias en relación con la posición que debían ocupar los ejércitos, aspecto que se convertiría en una cuestión central; y encuentro en la cumbre de Pezuela con los comisionados patriotas, y de La Serna y San Martín. Miraflores terminó con la reanudación de las hostilidades por San Martín una vez que terminó el armisticio, y Punchauca se diluyó por falta de resolución y de interés de las partes. El virrey La Serna, aislado en el Cuzco, asistió como un convidado de piedra a la firma de la Convención Preliminar del 4 de julio de 1823 entre el gobierno de Buenos Aires y los comisionados enviados por las instancias centrales, en el marco de la segunda fase negociadora, que hacía hincapié en los acuerdos comerciales. A pesar de que se preocupó por dejar sentado que era la máxima autoridad y de que Pereyra y La Robla mantuvieron un escrupuloso respeto a la norma en la correspondencia que le cursaron, su intervención se limitó a enviar al comisionado Espartero a Salta, sin posibilidades de maniobra. Desde el principio planeó como un obstáculo la cuestión de la representatividad; en definitiva, la capacidad de los interlocutores para tomar decisiones. San Martín actuaba en Miraflores en nombre del gobierno de Chile, del que había recibido amplios poderes, y en el curso de las negociaciones ganaría en autonomía y definiría sus propias intenciones sobre el futuro político de un Perú independiente y monárquico. Por el contrario, Pezuela y La Serna recibieron con retraso órdenes de un 204

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