Trascendiendo protocolos, discursos y propuestas concretas, los realistas se mantuvieron inamovibles en pedir a San Martín que jurara la Constitución, mientras San Martín mostró una mayor capacidad de maniobra. En Punchauca se trataron dos temas de incidencia social: el canje de prisioneros y, sobre todo, el abastecimiento de víveres a Lima, del que se ocuparía San Martín; un tercer asunto era de índole estratégica, el destino de los castillos del Callao, que los patriotas pidieron como garantía del armisticio y que, finalmente, mantendrían los realistas, tras la salida de La Serna, hasta la capitulación de 21 de setiembre de 1821. Las negociaciones no tuvieron incidencia social ni calaron en la población —entre otras razones, porque se movieron en cenáculos políticos y militares—, convertidas en un pulso para medir fuerzas. A lo más que se llegó fue a firmar armisticios que detuvieron brevemente el enfrentamiento armado. A la larga perjudicaron a los realistas, pues el tiempo correría a favor de los disidentes, que manejaron eficazmente la propaganda para ganarse a la opinión pública e incrementar los contingentes de sus ejércitos. Si no se alcanzaban acuerdos, ambas partes coincidían en reanudar la guerra, una contienda que afirmaba que estaban en condiciones de ganar. Y las dos se adjudicaron el hacerla por medios civilizados y denunciaron las transgresiones del contrario. San Martín representaba para los dos virreyes al gobierno de Chile y en las notas oficiales se dirigían «al general del ejército de Chile». San Martín descubrió sus cartas en Miraflores, proponiendo que se estableciera en el Perú una monarquía independiente, opción que perfilaría en Punchauca: independencia política, formación de una Regencia y que fueran diputados a España a buscar un príncipe, que estaría al frente de la monarquía del Perú; y, en contrapartida, dar a España beneficios comerciales. Esta iniciativa constituía un avance en relación al Plan de Iguala de los novohispanos, conocido en el Perú, donde también se sabía de los tratados de Córdoba, promovidos por Iturbide en Nueva España, y del armisticio y tratado de regularización de la guerra, que firmaban Pablo Morillo y Simón Bolívar en Costa Firme, un índice claro de que la guerra ni impidió que funcionaran circuitos informativos ni que los periódicos llegaron hasta regiones apartadas, como el Cuzco. El liberalismo fue la base de los argumentos de ambas partes, una misma filosofía para justificar dos causas contrapuestas, si bien la praxis superó con mucho los escasos recursos teóricos. Se expresaron dos maneras de 203
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