Sabed que he tenido correspondencia oficial de los que se titulan comisionados de nuestro gobierno supremo, residentes en Buenos Aires, en la cual me comunican la Convención Preliminar acordada entre ellos y aquellos disidentes el 4 de julio. Este es un acto que se inclina a la cesación de hostilidades o a la procuración de la paz; pero como los disidentes de Buenos Aires nada representan respecto del Perú, y los comisionados de nuestro gobierno nada pueden decidir interim yo no reciba las órdenes correspondientes, como primer encargado de la seguridad, orden y subsistencia de estos pueblos, me es preciso proceder en el asunto con la circunspección que demandan mis deberes en beneficio vuestro, para que ni por nada ni por nadie se turben y alteren vuestros intereses y derechos. Yo os aseguro que estoy dispuesto a todo cuanto tienda a una feliz terminación de las disensiones que devoran estos países; de parte de los disidentes no puedo decir lo mismo, porque la experiencia me hace dudarlo; y de parte vuestra espero que, elevando vuestros votos y suplicas al Dios de la paz, continuéis como hasta aquí, para terminar la guerra por medio de tratados o de operaciones militares. En uno y otro extremo debemos apoyarnos para que los pueblos del Perú, modelos de orden público, sean siempre respetados y envidiados de los que, por falta de reflexión, han sido víctimas de la revolución y la anarquía340. Se opuso tajantemente a una convención que también debía ser ratificada por el gobierno disidente del Perú y el de Chile, y que contemplaba la posibilidad de que se celebraran tratados de paz y amistad entre el rey y los Estados del continente americano. A comienzos de enero de 1824, cuando los puentes estaban rotos, el virrey mostraría abiertamente su resentimiento contra Pereyra y La Robla, que habían actuado sin informarle y sin contar con su autorización en un asunto trascendental (Caillet Bois, 1939, p. 218). A MODO DE BALANCE La propuesta entiende las negociaciones entre españoles y disidentes como una vía para profundizar en lo que fue la política española en el Perú, tanto la del gobierno central como la del virreinato, cruzando las alternativas realistas con las independentistas. Las negociaciones de Miraflores y Punchauca, que fueron las de mayor calado, no llegaron a resultados que cambiaran el curso del proceso de independencia. Las posiciones no se flexibilizaron lo suficiente como para que fuera viable la propuesta de San Martín de establecer en América una monarquía regida por un príncipe de la casa real española. Y los virreyes no se movieron de las instrucciones recibidas desde la Península, que repetían y parafraseaban tanto en sus notas como en la correspondencia que mantuvieron con las autoridades civiles y militares. 202
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