La independencia inconcebible

patriotas—, cuando las negociaciones desaparecieron del horizonte. Era lo deseado por el virrey y los oficiales y lo que tuvo que aceptar Abreu, que se vio obligado a pedir a La Serna pasaporte para regresar a España. El rey confirmaba en marzo de 1822 que a través de una carta de Abreu había conocido que no habían tenido resultado los intentos de poner fin mediante la conciliación a los males de la guerra que afligían a las provincias y había resuelto dar por concluida la comisión de pacificación338. A finales de 1822 La Serna había alejado de su agenda la opción negociadora. En el Cuzco los periódicos oficiales La Gaceta del Gobierno Legítimo del Perú y El Depositario insertaban continuas proclamas del virrey a los habitantes del Perú en disidencia, reiterando que les convenía seguir formando parte de la nación española y disfrutar de las ventajas que les reportaba el acatar la Constitución. Muchas regiones habían caído bajo el dominio de aventureros que las llevaban a la ruina y, teniendo en cuenta que eran españoles, sus generales tenían instrucciones de no hacer uso de las armas «sin llamarlos primero a la reunión en las banderas españolas y a la concordia y el sosiego». Todos los llamamientos tenían la misma contraparte de advertencia, rayana en la amenaza: «Si por una fatalidad que estoy distante de imaginar, os separáis de ella [la nación española] temed todos los daños y desgracias que producen los furores de la guerra y el desconcierto y oscilaciones que son consiguientes en las crisis violentas de los Estados»339. La Serna heredaría la negociación con los insurgentes del norte del Río de la Plata, iniciada por Pezuela desde la plataforma del Alto Perú y cuyo desenlace fue el armisticio que selló Olañeta en Salta el 15 de julio de 1821, al margen del nuevo jefe político superior y de los comisionados nombrados al efecto por su antecesor. Se sintió relegado por los comisionados que firmaron la Convención Preliminar, de 4 de julio de 1824, y se negó a tratar sobre ella directamente con Las Heras dejando a cargo de las conversaciones a Espartero, un hombre de su confianza pero sin experiencia en esos asuntos. Aun antes de que se encontraran Espartero y Las Heras, en otra proclama a los peruanos, La Serna informaba a mediados de noviembre sobre el curso de las negociaciones de Pereyra y La Robla. Definía su posición en un proceso en el que no había intervenido y que dejaba en suspenso porque no había recibido los oficios que lo avalaran, 201

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