seguro de que los oficios anteriores hubieran llegado a su destino. Había seguido puntualmente las instrucciones que le llegaron, «a pesar de que en mi concepto no era época oportuna», temiendo que sucediese lo que en efecto sucedió: que la mayor parte de los habitantes de Lima interpretara mal la comisión de Abreu, «ya fuese porque este no se manejase con la delicadeza que su misión exigía» o por otras razones que La Serna ignoraba. De otro lado, desde el principio observó en las notas de los diputados de San Martín un «lenguaje orgulloso y repugnante», y lo toleró para que no se pensase que no era su voluntad cumplir las órdenes del rey, aunque consideraba que, en algunos puntos, las negociaciones eran contrarias a la «Representación nacional», sobre todo la entrega del Callao como garantía, en lo que discrepó con Abreu y «otros»336. Para entonces, ya daba por terminadas las negociaciones iniciadas en mayo de 1821 y, en sus siguientes oficios al ministro de Guerra (Huancayo, 11 y 29 de octubre), se centraba en cuestiones militares. La ruptura sin paliativos con Abreu se explicitaba el 2 de noviembre con el cumplimiento de las órdenes del gobierno como punto central. El virrey quería que le quedara meridianamente claro que en el curso de las negociaciones con los diputados del general San Martín había seguido las instrucciones del Superior Gobierno, que siempre le parecieron justas, y que había perseguido conservar esos dominios por todos los medios posibles «como parte integrante de la Nación Española». A diferencia de lo que creía Abreu, tenía un doble cargo, el de presidente de la Junta de Pacificación y el de virrey, por lo que en sus decisiones sobre el gobierno, ni la Junta ni el comisionado podían inmiscuirse. Abreu le había presionado para que tomara decisiones que iban en contra de sus deberes como encargado del mando superior de esa parte de América; más bien, era el comisionado el que a veces se comportaba como si fuera un agente de los disidentes. Le parecía muy extraño que se atreviera a decirle que había desatendido las instrucciones, «que seguramente serán las que presentó para la instauración de la Junta de Pacificación, cuando han sido las que han guiado a la misma en sus sesiones»; y, además, que le acusara de ser causante de la «división o anarquía ocurrida por algunos vocales de la Junta» debido a la incorporación tardía de dos de ellos337. Sería a comienzos de noviembre, cuando ya no quedaba nada que defender —una vez que había capitulado el Callao y la Junta de Pacificación se había desmembrado, embarcados Vacaro y Colmenares hacia la Península, y La Mar, Del Llano y Galdiano pasados al lado de los 200
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