ordenado a Arenales que penetrara al interior. Ante el peligro de perder Lima, que era la clave del mantenimiento del Perú, había ordenado que tropas del Alto Perú se dirigieran a la capital. Reconocía que el «enemigo» [sic] controlaba el mar, y confiaba en el envío desde la Península de dos navíos con refuerzos, porque la superioridad naval era la clave para que el Perú se decantara por la independencia o por la unidad de la Monarquía, sin añadir alusión alguna sobre el curso de las negociaciones326. En el Manifiesto que firmaba en la Magdalena el 8 de abril de 1821 para justificar su conducta y denunciar la irregularidad de Aznapuquio, dedicó un brevísimo comentario a las negociaciones, apenas que «el pundonor nacional» le hiciera no admitir como base del armisticio la cesión de las provincias del Alto Perú, lo que hubiera resultado altamente perjudicial327. De regreso a España, en la escala de Río de Janeiro (había salido del Callao el 29 de junio de 1821 y llegaría a Madrid el 20 de abril 1822), se dirigía al secretario de Guerra. Para mostrar su lealtad en una coyuntura difícil y compleja, aducía ante un gobierno liberal que la Constitución había sido el arma principal de que se sirvió, en consonancia con su carácter y sus sentimientos, para negociar en Miraflores frente a San Martín quien, obcecado por el espíritu de conquista, no cesó de atacarla. Señalaba también que más tarde, mientras se encontraba confinado en La Magdalena, supo que se habían entablado conferencias pacificadoras con el enemigo (se refería a Punchauca) y que se había firmado un armisticio por veinte días, prorrogado por doce más, durante el cual se pudieron introducir víveres exclusivamente por tierra, lo que privaba de algunas «subsistencias» como trigos, harinas y otros artículos de primera necesidad. Asimismo, daba una explicación de por qué figuraba su nombre en la copia del armisticio de Salta, de 1821. Ocurrió que, estando en Río de Janeiro, había llegado a sus manos una Gaceta de Buenos Aires en la que se publicaba que el comandante general de Vanguardia del Ejército del Perú, brigadier D. Pedro Olañeta, había firmado un armisticio en Salta el 15 de julio pasado con los jefes de aquellas provincias en los términos que constaban en la copia de ese documento, que adjuntaba al ministro. No comprendía por qué no lo había ratificado La Serna ni tampoco Ramírez. Deducía que Olañeta había intervenido con sus tropas y que Salta y Jujuy funcionaban con independencia de Buenos Aires328. Cuando Pezuela ya había retornado a la Península, el secretario de Ultramar le dirigía un oficio para enterarle de que el rey había conocido, a 196
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