La independencia inconcebible

hacer la paz», pero señalaba el 30 de setiembre de 1820: «Yo siempre sigo con mi sistema de desconfianza a que la práctica que tengo del engaño y perfidia de estos hombres, [que] me ha hecho dudar de quanto proponen y hablan» (Pezuela, 1947, p. 772). Y en la misma línea se pronunciaba el 2 de octubre, cuando recibió la notificación de que San Martín había ratificado el armisticio de 30 de setiembre: sin embargo, siempre desconfío, y más en el día en que mis diputados me han entregado el expediente en que constan las notas pasadas de una a otra parte, y los discursos que entre ambas han mediado, en que veo de parte de los del general San Martín una elocuencia y sistema uniforme de seguir con su empeño de independencia […] (Pezuela, 1947, p. 775). Antes de que San Martín rompiera formalmente la negociación, Pezuela reunía en Palacio a los generales y jefes de campo y les instruía a que se preparasen para la guerra, como si no existiese ningún tratado de paz «y se aprestasen para salir a campaña, pues yo dudaba de las buenas intenciones del enemigo para hacerla», como escribía el 3 de octubre (Pezuela, 1947, p. 777). En noviembre, por conducto del pailebote Aránzazu, enviaba a Panamá pliegos con duplicados de las negociaciones de Miraflores y otros sobre la situación del virreinato para ser trasladados a los ministros de Ultramar y de Guerra, y documentos sobre el apresamiento de la Esmeralda al ministro de Marina (Pezuela, 1947, p. 806). Y en esa preocupación por hacerse oír, anunciaba la salida del Callao de doce buques extranjeros, entre ellos la fragata Panter, con destino a Gibraltar, en la que viajaba Dionisio Capaz, al que entregaba una serie de oficios para los ministros de Guerra y Ultramar. Acusaba recibo de la recepción de la real orden de 11 de abril de 1820 y de cómo le había dado cumplimiento, e informaba también del resultado de las negociaciones de Miraflores, añadiendo el 21 de noviembre de 1820 que se habían frustrado porque el enemigo no accedía en nada que no fuera la independencia (Pezuela, 1947, pp. 803804). En clave oficial, el 10 de diciembre mandaba la misma nota al conde de Casa Flores y al embajador de España en Londres. El tiempo le había ratificado en los motivos que desde siempre tuvo para desconfiar de San Martín que, como suponía, había aprovechado la negociación para avanzar militarmente y, en esa línea, había incorporado a numerosos esclavos a sus efectivos con el reclamo de la libertad y desde principios de octubre, rota la negociación, se había trasladado al norte de Lima y había 195

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