Simultáneamente, se había ocupado de las negociaciones con las provincias disidentes del Río de la Plata y como no podía asumirlas personalmente debido a la distancia, había encargado esta misión al general Ramírez, dándole instrucciones para los comisionados que debía designar, según podía comprobar el ministro por la documentación que adjuntaba. Había recibido el nombramiento de los comisionados a los distintos puntos de América de 8 de junio de 1820, el señalamiento de sus sueldos y medios de transporte, y el oficio del ministro de Ultramar de 3 de julio en que le anunciaba que no llegarían los designados para el Alto Perú, Goñi y Ulloa, y se le instruía que recibiera las órdenes que le entregarían los comisionados para Chile, donde se le facultaba para nombrar dos o más sujetos de su entera satisfacción, quienes remplazarían a los que no viajaron. Por eso, «y sin perjuicio de lo que haga el general Ramírez», suspendía toda diligencia hasta que llegaran esos comisionados, para cuyo traslado desde Panamá había habilitado un buque de guerra324. Miraflores fue antesala de Aznapuquio, mostró la soledad de Pezuela y puso en entredicho su capacidad para llevar las riendas en un momento de crisis. No fue respaldado por los altos oficiales del ejército, que sí estuvieron con La Serna en Punchauca. A la hora de nombrar comisionados tuvo que acudir a Dionisio Capaz, con quien mantenía una relación conflictiva motivada por la depuración de responsabilidades derivadas de la pérdida de la María Isabel, y a Hipólito Unanue, que plausiblemente ya se había decantado por la independencia y que, unos meses después, integraría el primer gobierno del Protectorado. Tampoco contó con la principal institución representativa, el Ayuntamiento constitucional, que desde su elección mantuvo un pulso con Pezuela y que sería partidario de la negociación. Por último, por la razón contraria, tuvo enfrente al Consulado, ya resentido por la apertura de puertos en 1819 al comercio extranjero (Marks, 2007; Mazzeo, 2012). Después, vendría la pérdida de la Esmeralda, la defección del batallón Numancia y la proclamación de la independencia en las provincias del norte. El pronunciamiento militar era cuestión de tiempo, y aunque Miraflores no figuraría explícitamente en el manifiesto de Aznapuquio, los oficiales lo habían procesado como prueba de la pusilanimidad del virrey. En paralelo al desarrollo de la negociación y a modo de justificación, Pezuela anotaba sus opiniones en el Diario325. Anotaba que había salvado una situación crítica cuando accedió a entrevistarse con los diputados «del general enemigo» para trasladarles «los deseos de la Nación y míos para 194
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