4.1. El deber de Pezuela: cumplir sin compartir Pezuela hizo esfuerzos reiterados por comunicarse con el gobierno central. Al estar el puerto del Callao bloqueado por el enemigo desde finales de 1820, tuvo que recurrir a buques extranjeros. Panamá fue el nexo de un circuito, que se continuaba en Río de Janeiro —donde fue clave el conde de Casa Flores— y terminaba en Cádiz. El 11 de setiembre, al tiempo que cursaba la invitación a San Martín, notificaba al ministro de Ultramar, Antonio Porcel, que había recibido las instrucciones para negociar, mostrando por adelantado sus reservas sobre la acogida que le darían los disidentes, habida cuenta del nulo éxito alcanzado en los acercamientos previos322. Hacía suyas expresiones del rey, insertas en la Proclama de 31 de marzo, como la de «extraviados habitantes» para referirse a los insurgentes, y no descartaba que el cambio político en España y el restablecimiento de la Constitución pudieran cambiar la opinión e ideas políticas de mandatarios y pueblos en disidencia, por lo que había ordenado imprimir mil ejemplares de la Proclama para remitirlos a los jefes civiles y militares de las provincias de frontera. No olvidaba que, junto con Casa Flores, debía atender a las provincias del Río de la Plata, aunque la distancia y el estado de enfrentamiento entre ellas obstaculizarían sus propósitos. En cuanto a San Martín, aunque se encontraba preparado para repeler su agresión, intentaría la conciliación, porque su mayor gloria estaba en evitar el derramamiento de sangre entre hermanos323. El 19 de octubre estaba en situación de hacer balance, completando la información anterior y adjuntando al ministro copia del Manifiesto y otros documentos relacionados con Miraflores. Había anunciado entonces su disposición a cumplir en todas sus partes la real orden de 11 de abril y cómo pensaba proceder en la negociación pacífica con los jefes de los países disidentes, que finalmente había fracasado por su obstinación y la fuerza de las ideas de la independencia. Excedía de sus facultades el atender la propuesta hecha por San Martín de que fuera coronado en el Perú independiente un príncipe de la casa reinante de España, y no pudo aceptar tampoco, como condición para el cese de hostilidades, la cesión del Alto Perú porque suponía comprometer el decoro de las armas del rey (aquí sobresalía su veta militar). No le quedaba duda de que la aspiración de San Martín era separar al Perú de la Monarquía. 193
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