La independencia inconcebible

Desde el punto de vista operativo, las instrucciones de las instancias centrales interfirieron en sus planes. En el caso de Pezuela porque, según su testimonio, se preparaba para enfrentarse a la Expedición Libertadora reuniendo en Lima fuerzas acantonadas en otras provincias, especialmente las del Alto Perú; en el de La Serna, porque ya había convenido con los altos oficiales que participaron en el pronunciamiento de Aznapuquio la evacuación de Lima para organizar desde la sierra, en mejores condiciones, la defensa del virreinato. Pezuela no estaba preparado, ni mental ni operativamente, para enfrentar el reto de las negociaciones320. Promovió las de Miraflores siguiendo lo dispuesto en la real orden de 11 de abril, y no en las Instrucciones de 15 de abril que la desarrollaban y que recibió cuando ya era tarde321. La Serna no aplicó los decretos de 13 de febrero y 28 de junio de 1822, que le fueron remitidos con retraso desde el Ministerio de Ultramar, así como la información de que no se había nombrado comisionado para el Perú, aunque luego se le aclaró que había sido designado Ramón Martínez de Campos, que nunca viajaría. Se vincularía a la segunda fase de las negociaciones a través de la comisión de Pereyra y La Robla a Buenos Aires, y la conexión sería Espartero, que trataría en Salta con Las Heras, encargado de que las provincias del Río de la Plata ratificaran la Convención Preliminar de 4 de julio de 1823. Cuando tuvo lugar la «misión Espartero», en el Cuzco se vivía un tiempo de esperanza porque la guerra se estaba decantando del lado de los españoles tras las victorias en Intermedios. Como hombres del rey, Pezuela y La Serna, separados por tantas diferencias en relación al gobierno y defensa del virreinato, cumplieron con lo que se les ordenaba, aunque fueron escépticos y no se empeñaron en trabajar más de lo estrictamente necesario por el éxito de esta alternativa. Así, Pezuela no trató de revertir la decisión de San Martín de terminar las conversaciones, mientras que La Serna abandonó Lima sin haberlas cerrado. Ninguno se fió del general del ejército de Chile, convencidos de que utilizaba las negociaciones para ganar tiempo de cara a la opinión y para aumentar sus efectivos. De hecho, nada más romper la negociación de Miraflores, San Martín ordenaba a Álvarez de Arenales que atacara ciudades de la sierra, claves para el control de recursos, cortocircuitando el abastecimiento de Lima. Sin saberlo, ese mismo día Pezuela encargaba a Juan Ramírez que se ocupara de negociar con los insurgentes del norte del Río de la Plata. 192

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