En un clima de desconfianza creciente, el presidente de la República, a mediados de enero de 1824, comunicaba al Congreso su intención de enviar a una persona con conocimientos políticos y militares a verse con los jefes españoles y pulsar su voluntad sobre una nueva negociación. En principio se pensó en Tomás Guido, pero como no era peruano se optó por Juan de Berindoaga, que era ministro de Guerra y antes había estado al servicio del rey. Sus instrucciones genéricas se centraban en conseguir la adhesión de La Serna a la Convención Preliminar, con el reconocimiento de la independencia como punto irrenunciable. Pero había una oferta solapada: en caso de no alcanzarse este objetivo, se ofrecería a los españoles trabajar sobre un tratado particular con el Perú, al margen de lo dispuesto en la Convención. Berindoaga se presentó en Jauja el 26 de enero, donde fue recibido por el general Monet. Mientras tanto, Canterac estaba acuartelado en Huancayo. El general en jefe se prestó a escucharle a través de Lóriga, su comisionado, que estuvo acompañado por el brigadier Camba, que hacía la crónica de lo que apenas fue un intercambio verbal en el que Berindoaga hizo unas declaraciones genéricas sobre el amor de los peruanos hacia su país y cómo deseaban el final de la guerra, en paz y en independencia. Y añadía una información que podía surtir efecto: que en España la invasión francesa había acabado con el gobierno constitucional y que, si los jefes así lo deseaban y abrazaban su causa, encontrarían en el Perú un lugar para poder establecerse. Por fin, les hacía saber que Torre Tagle deseaba entrevistarse privadamente con Canterac. Lóriga y Camba (1846, II, pp. 104-105) respondieron airados, asegurando que ni siquiera a un antiguo compañero podían permitir que ofendiera su honor y lealtad. 4. DE LA OBEDIENCIA DEBIDA A LA FUERZA DE LAS COSAS Las negociaciones pusieron de manifiesto la contradicción en que se movieron los virreyes, entre la obediencia debida y la fuerza de las cosas. Acataron las órdenes recibidas por lealtad a la Corona, por más que, desde el conocimiento que tenían de la realidad americana por el mucho tiempo que llevaban residiendo en el Perú (Pezuela de 1803 a 1821 y La Serna de 1816 a 1825), consideraran que no era la opción más conveniente y entendieran que para conservar el virreinato era imprescindible defenderlo con las armas, en la confianza de que estaban en disposición de hacerlo, siempre que recibieran ayuda de la Península. 191
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