La independencia inconcebible

abandonar Lima. Rastreaba cómo, en un escenario enrarecido, se siguieron las instrucciones de la Corte y se formó una Junta de Pacificación, presidida por el virrey. Después de veinte días de conferencias «y un gasto considerable que soportaba el erario español», se acordó un armisticio por veinte días, que luego se prolongo por doce días más. Acompañó a La Serna en el encuentro del 2 de junio y, poco sospechoso de convenir con los independentistas, le reconocía un deseo «verdadero o aparente» de pedir a España un príncipe de la familia real para que gobernara el Perú en calidad de «monarca independiente constitucional». García Camba daba su versión sobre el envés de la trama al interior de la Junta de Pacificación. Abreu, Del Llano y Galdiano apoyaron la propuesta de que se formara una Regencia, y el virrey tuvo que buscar una salida, declarando que no tenía competencia para tomar tal decisión en el momento, por lo que necesitaba consultar y reflexionar. Pero ya sabía la respuesta: no podía contravenir las instrucciones de la Corte. Por ello, hizo una contraoferta a San Martín, a través de García Camba y Valdés, en el sentido de que se suspendieran hostilidades por el tiempo necesario para obtener la resolución definitiva de la Corte, se delimitaran los territorios en poder de uno y otro ejército —poniendo como línea el río Chancay—, y que La Serna viajara a España, acompañado de San Martín si se consideraba oportuno, para que este presentase su propuesta de monarquía. Según su criterio (1846, I, pp. 388-393; 1824, pp. 13-17), en las negociaciones de Punchauca se pusieron de manifiesto lealtades y perfidias. Cuando, junto con Valdés, fue a la Cleopatra a rechazar en nombre del virrey la propuesta monárquica, San Martín les dijo que se arrepentirían y que «en poco tiempo, no tendrían los españoles más recurso que tirarse un pistoletazo». Las negociaciones de Punchauca fueron, pues, «conocidamente inútiles y aun perjudiciales, pero entabladas en cumplimiento de las órdenes de S.M., de las que fue portador el Comisionado Regio, según se ha dicho, continuaron todavía por algún tiempo más». No ahorraba en descalificativos hacia Abreu. Consideraba García Camba (1846, I, pp. 438-439; 1824, pp. 24-25) que su llegada fue perjudicial a los intereses de España, «ya porque los disidentes estimaban en poco estas comisiones pacificadoras, ya también porque para cumplimentar las órdenes de la Corte fue preciso paralizar las operaciones militares, cuando más urgente era su mayor actividad». Por otra parte, causó mucha extrañeza que el gobierno del rey «fiase a un capitán de fragata una 189

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