La independencia inconcebible

que los «europeos» y los «españoles americanos» disfrutaran de las mismas ventajas, mientras que la ruptura con España conduciría a la guerra civil, como se había podido comprobar en Buenos Aires. De otro lado, ante la amenazante advertencia de superioridad de su corresponsal, advertía que eran los realistas los que disponían de los recursos de las provincias, que iban desde Tarma y Lima hasta Huamanga y Atacama. Era cierto que los patriotas controlaban el mar, pero solo provisionalmente, porque se esperaban recursos navales de la Península314. En diciembre de 1821, en un nuevo envite negociador, San Martín volvía a buscarle porque el mapa de los frentes le situaba en una posición más accesible que la de La Serna, que se encontraba en Huancayo. El formato de la correspondencia era semejante: cada uno escribía, con la misma fecha, una carta confidencial y una nota oficial; el 11 de diciembre lo hacía San Martín y el 20 de diciembre respondía Canterac. San Martín, en la nota oficial y con un tono formal, fijaba como objetivo terminar con la guerra, en coincidencia con «la política que parece se propone seguir el actual gobierno de Madrid». Recordaba que en Punchauca había buscado la paz en términos parecidos a lo sucedido en Nueva España, pero que la oposición de la Junta Pacificadora había abortado la firma del armisticio que llevaría a un acuerdo final. Obligado a recurrir de nuevo a las armas, su ejército se había fortalecido y la flota marítima estaba en condiciones de bloquear cualquier puerto. Desde esa posición de superioridad, San Martín no tenía que hacer ningún gesto conciliador, pero una vez más quería mostrar que prefería la gloria de la paz a los honores de la victoria. Por eso pedía a Canterac, a quien consideraba plenamente autorizado, que nombrara a dos o más personas de su confianza que continuaran lo que se había truncado en Punchauca. En sus dos respuestas, la confidencial y la oficial, Canterac reafirmaba su lealtad a La Serna y a la nación española. Comenzaba la primera advirtiendo que no estaba autorizado por el virrey para negociar y, por tanto, no podía ocuparse de cerrar el armisticio pendiente. Confesaba no conocer lo que había sucedido en Nueva España, pero, en cualquier caso, esa no podía ser su referencia sino las órdenes del gobierno central, que estaba seguro que interpretaría los acontecimientos del 29 de enero (se refiere a Aznapuquio) como un acto de defensa del honor del ejército. La segunda repetía contenidos en una envoltura más protocolaria. En primer lugar, tanto él como los españoles deseaban la terminación de la guerra, y así lo habían demostrado ofreciendo treguas que diesen tiempo a 185

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