La independencia inconcebible

El último virrey reconocería su capacidad y méritos, encomendándole misiones importantes. Fue el que puso en jaque en dos ocasiones a Lima y el Callao, en 1821 y 1823, y quien se encargó del gobierno cuando La Serna fue herido y hecho prisionero en Ayacucho, siendo el firmante, junto a Sucre, del acta de la capitulación. Embarcó en Quilca, de regreso a la Península, en febrero de 1825. Ya en España, trató sin éxito que se le permitiera presentarse ante el rey para justificarse. Tras la muerte de Fernando VII, intervino en las guerras carlistas a favor de los derechos de su hija Isabel. Cuando en 1832 su subordinado en el Perú, Juan Antonio Monet, fue ministro de Guerra, se le nombró comandante general del campo de Gibraltar. Por real orden del 15 de enero de 1835 era designado capitán general de Castilla la Nueva, un destino efímero, pues solo dos días después recibía un disparo cuando acudía a la Puerta del Sol de Madrid a enfrentar una más de las continuas asonadas militares313. Tras Miraflores, San Martín no abandonaría la vía conciliadora y buscó a quien le parecía el interlocutor adecuado. Canterac era un oficial reputado y resolutivo, con ascendiente ente los miembros de la cúpula militar y que no pertenecía a la camarilla de La Serna. Se dirigió a él al menos en dos ocasiones, para que se convirtiera en valedor de una causa justa que los virreyes no habían atendido. La primera fue a comienzos de 1821, al amparo de los resultados de la campaña de Arenales y antes de Aznapuquio. El propio Canterac decidió publicar el cruce de correspondencia en la Gaceta de Gobierno de Lima, previo conocimiento del virrey, para evitar conjeturas sobre su comportamiento. Había recibido una carta, fechada en Retes el 7 de enero de 1821, que podía atribuir a San Martín, en la que se apelaba a su liberalismo «y a sus ideas favorables a la causa de América», para que reconsiderara lo que los patriotas habían propuesto en Miraflores: la necesidad de poner fin a una guerra alentada por unas autoridades lejanas y que, desconocedoras de la voluntad de los americanos, se empeñaban en que la independencia traería la desgracia. Le ofrecía, apelando a su condición de caballero y hombre ilustrado, que trabajaran conjuntamente por la libertad de los españoles americanos. Canterac tardaría días en responder, posiblemente por los avatares derivados de la organización del ejército y por estar preparando la conspiración que depondría a Pezuela. Hacía profesión de liberalismo, pero de liberalismo hispano. Él, que había sido crítico con la manera de llevar la negociación por Pezuela, hacía suyo el discurso de las instancias centrales del Trienio, asumiendo que la vuelta a la Constitución permitiría 184

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