La independencia inconcebible

valor. Les parecía una proposición indigna que sería interpretada como una señal de debilidad290. El Ayuntamiento constitucional siguió en sus funciones tras Aznapuquio con una relativa autonomía. Las sospechas de La Serna apuntaban a que un posible acercamiento a San Martín pudo haber estado detrás del movimiento que llevó al encuentro de Torreblanca. Cuando ya las negociaciones estaban avanzadas, un anónimo fechado en Lima el 6 de junio de 1821 y destinado al Ayuntamiento sería el detonante para que la institución se pronunciara. Remitía al estado de revolución en que se encontraba el Perú desde hacía seis meses y a la anarquía de la capital después de la deposición de Pezuela, y pedía la convocatoria de un cabildo abierto. Realidad o coartada, el hecho es que varios integrantes del Ayuntamiento se dirigían por escrito al virrey interino el 7 de junio. Reivindicaban la paz como el gran logro de la humanidad, conseguido por la civilización occidental desde las guerras civiles de los romanos, y en un gesto retórico elogiaban al virrey La Serna, que se había ganado la veneración y confianza del pueblo. Exponían que se acercaba el fin del armisticio y que la capital estaba sumida en la desesperación, al punto que hasta los soldados se dedicaban a la rapiña. En esas circunstancias, «la felicidad de la capital y de todo el reyno pende tan solo de la paz». Puesto al frente de la Junta de Pacificación del Perú —continuaban—, Se ha ganado V.E. el amor, la veneración y la confianza de este pueblo […], contraigámonos a la paz. Ella es el voto general del pueblo. Gravando sobre él la guerra desde 1815, carece ya de fuerzas para sostenerla. No hay dinero, no hay víveres; no hay opinión; no hay hombres. Los pueblos se reúnen a porfía bajo el pabellón del general San Martín […] la felicidad de la capital y de todo el reyno pende tan solo de la paz, y esta de un sí de VE291. La Serna, habida cuenta de las implicaciones que la postura del Ayuntamiento podía tener en el curso de su planes, contestaba al día siguiente: «Como filántropo amo y deseo la paz; pero como militar y hombre público no puedo prescindir de que ha de ser una paz decorosa, y así siempre que el general del ejército invasor se preste a un armisticio que sea honroso y digno de la nación española, puede V.E., y todos estar seguros de que mi voto será la paz; pero si no, no»292. El Ayuntamiento, como el resto de las instituciones limeñas, no tuvo un comportamiento monolítico. Tras la salida de La Serna, algunos de sus integrantes permanecieron en la capital y, junto al marqués de Montemira, 178

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