en el Perú», además de pedirle copia de las instrucciones y de los oficios que guardaba la diputación, de los que no disponía. A Abreu le parecía inadmisible que no hubiera custodiado una información confidencial, que acaso podía estar en poder de los enemigos. Más grave era la acusación de que no había dedicado los recursos económicos que había sacado de Lima y los que conseguía de Cerro de Pasco para auxiliar a la población. Y, por fin, se defendía de la imputación del virrey de ser demasiado cercano a los disidentes, argumentando que las instrucciones recibidas le pedían que actuase en tono conciliador, no como La Serna, que al llamarlos «traidores, alevosos y rateros» había fomentado el desencuentro275. Los preparativos del retorno fueron complicados. Trató con el comerciante español Pedro Abadía para viajar en uno de sus buques, pero finalmente se decidió por el navío inglés Soberbio. Todavía el 16 de noviembre, a través del ministro García del Río, San Martín le buscaba para anunciarle su propósito de proponer a La Serna que situase sus fuerzas de treinta a cuarenta leguas al norte del Cuzco, para así hacer un nuevo intento de firmar un armisticio. Abreu le contestaba que ya había perdido toda esperanza de un acuerdo. El 28 de noviembre pasó a despedirse de San Martín, que le anunció que le entregaría cartas para su familia y amigos y también para el director supremo del gobierno de Chile, Bernardo O’Higgins. Además, le regalaba dos medallas grandes de oro y monedas conmemorativas de la Independencia, que por una cara decían «Lima libre juró su independencia en 28 de julio de 1821»; y, por la otra, «Bajo la protección del Ejército Libertador del Perú, mandado por San Martín». El día 30, estando ya a bordo, recibía el pasaporte junto con cartas de recomendación para el gobernador de Valparaíso. Finalmente, partió del Callao el día 3 de diciembre y arribó a Valparaíso el 27. El retraso del Soberbio le decidió a trasladarse a Santiago para «descubrir en el gobierno las ideas políticas y confrontarlas con las de San Martín». Le recibió el ministro de Estado, disculpándose porque no tenía noticia alguna de las negociaciones, apenas sabía que había llegado al Perú un comisionado español. Salió de Valparaíso el día 20 de enero de 1822 y fondeaba en el Janeiro el 7 de marzo. Allí, el arzobispo de Lima, Bartolomé de las Heras, que había embarcado con Tavira en el Callao, le confirmó que su enviado estaba camino de España, lo que le tranquilizó. Antes de embarcar en un bergantín sardo rompió todo lo que guardaba sobre las instrucciones reservadas por si se presentaba alguna contingencia, y escribió por última vez a La Serna una nota meramente 173
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