sesiones habían desechado sus oficios desde que había abandonado Lima. Además, le responsabilizaba de que se hubiera frustrado el armisticio que preparaban, porque los independentistas lo desestimaron cuando se supo que el ejército de Canterac se aproximaba y se rompía el acuerdo sobre la entrega de los castillos del Callao. Subiendo de tono, acusaba a La Serna de no estar cumpliendo las instrucciones peninsulares y de haber fomentado las disensiones al interior de la Junta, y esperaba que algún día el Superior Gobierno se pronunciara cuando conociera los hechos: La división o anarquía ocurrida por algunos vocales de la Junta Pacificadora a nombre de nuestro católico monarca, las azarosas ocurrencias de la entrevista de Punchauca, las habidas a causa de la intempestiva e ilegal orden de V.E. para agregar a la diputación dos vocales más, y muchas otras que se hallan en contradicción con las instrucciones son el fruto de nuestros asiduos desvelos ¿y serán acaso las que hayamos de presentar a nuestro liberal gobierno, habiendo podido evitarlas?272. Para entonces ya había capitulado el Callao y la situación de la Junta, así como la de los comisionados que aún quedaban replegados en Lima, se hacía insostenible, al punto que Abreu pedía al virrey que le entregara pasaporte para regresar a la Península. Pero, cuando ya había decidido el regreso, quemó sus naves y en un oficio al secretario de Estado y de la Gobernación de Ultramar del 6 de noviembre de 1821 hacía una síntesis, en clave de justificación, de lo que había sido su misión. Explicaba sus encuentros con San Martín como una estrategia para enterarse de sus verdaderas intenciones; de esta forma, logró conocer antes que el propio La Serna su plan de formar una Regencia. Abreu deslizaba que La Serna confesó a la Junta de Pacificación que el plan de San Martín era bien intencionado y que fueron los jefes del ejército los que vetaron la posibilidad de que la propuesta fuera llevada ante las Cortes273. Forzado a dejar el Perú, su objetivo fue justificar su conducta ante el rey. Por eso, reunía toda la documentación relativa a la negociación y se la entregaba a Pedro Fernando Tavira para que la presentara al gobierno, así como copias autorizadas de todos los documentos que habían obrado en ella y que se citaban274. Desde entonces, ya no enmascaraba sus opiniones en los intercambios con el virrey. La nota del 12 de noviembre de 1821 era un desafío en toda regla. Le recordaba que el 7 de noviembre había recibido su carta «negándose a toda composición y a darme auxilios para mi viaje o estadía 172
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