La independencia inconcebible

general del ejército de Chile, quien le adelantó una información privilegiada que ni siquiera conocían sus propios diputados: que iba a proponer a La Serna la formación de una Regencia presidida por el virrey y en la que se incluyesen una persona nombrada por este y un tercero de la confianza de San Martín, además de confesar que estaba dispuesto a viajar a la Península a pedir a las Cortes que buscaran un infante de España para ser coronado en el Perú y que se iniciasen tratados ventajosos de comercio (Fisher, 2009, pp. 83-85). Abreu permaneció en Lima tras la salida de La Serna y los jefes militares, privado de su sueldo de 350 pesos al mes. San Martín le ofreció alojamiento en el Palacio de Gobierno y el ministro de Hacienda, Hipólito Unanue, le financió con 1000 pesos270. Más tarde, el 26 de octubre, enviaba un oficio al virrey pidiendo que devolviera al gobierno de San Martín los sueldos que, para su decoro y subsistencia, le estaba asignando271. Lejanos el virrey y los jefes militares, Abreu dispuso de mayor margen de maniobra y, a pesar de la prohibición de La Serna, participó en los trabajos de la Junta y los comisionados, así como en los encuentros que mantuvieron contando con la aquiescencia de San Martín. La relación con los disidentes transcurrió en términos de respeto mutuo, al punto que, para celebrar la entrega del Callao, se preparó una cena para los jefes militares españoles en la que se brindó por los términos de la capitulación (Fisher, 2009, p. 100). El comisionado, apoyado por sus socios Del Llano, Galdiano y La Mar, que enseguida se pasarían del lado de los independentistas, capitalizaba los avances en la preparación del armisticio y de un tratado para la regularización de la guerra, siguiendo el que habían firmado Bolívar y Pablo Morillo el 26 de noviembre de 1820 (Fisher, 2009, p. 95). La correspondencia que mantuvo con La Serna, establecido en Jauja, pone de manifiesto una tensión que se convirtió en choque frontal. En un juego malintencionado, alternaba su declaración de obediencia al virrey con la reafirmación de su condición de comisionado, designado por el rey para cumplir un encargo del gobierno superior. Ante la impotencia de La Serna le presentaba como hechos consumados los acuerdos tomados por la Junta para que los aprobara. En un escrito del 26 de octubre (al que La Serna contestaba desde Huancayo el 2 de noviembre) reconocía al virrey sus gestiones, pero lamentaba que hubieran estado en contradicción con su opinión y la de la Junta, por lo que, en consecuencia, en las últimas 171

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