Manuel Olaguer y Feliú había nacido el 27 de diciembre de 1759 en Ceuta, en una familia de militares emparentada directamente con Antonio Olaguer Feliú y Heredia, virrey del Río de la Plata y ministro de Guerra de Carlos IV. Participó en la guerra contra Inglaterra y en 1787 fue destinado a Valdivia. Permaneció muchos años en Chile, donde ocupó varios destinos. Era subinspector de las milicias de la Capitanía General de Chile cuando se iniciaron los movimientos independentistas. Tras la derrota del ejército realista en Chacabuco se trasladó al Perú, donde ejerció de subinspector de Ingenieros. Desde diciembre de 1818 estuvo en distintas juntas militares convocadas por el virrey Pezuela. No consta su participación en Aznapuquio, aunque sí su proximidad a La Serna, como lo prueba su incorporación a la Junta de Pacificación. De regreso a España fue director y subinspector del Real Cuerpo de Ingenieros en Galicia, donde murió en 1824, cuando se desempeñaba como capitán general de La Coruña232. Manuel Plácido Berriozábal, conde de Vallehermoso y de Casa Palma, nació en Elorrio (Vizcaya) el 5 de octubre 1775233. En Granada estudió Bellas Artes, Filosofía, Derecho y Teología. Fue oidor de las Audiencias del Cuzco (19 febrero 1804) y de Charcas (25 julio 1810), además de alcalde del crimen de la Audiencia de Lima desde el 16 noviembre de 1815 hasta 1819234. Fue ante todo un «hombre de orden» que sirvió a los distintos virreyes; así, cuando el 13 de agosto de 1818 se produjo un intento de motín en el Callao, el virrey le encargó la investigación, que finalmente pasaría a ser juzgada en Consejo de Guerra (Pezuela, 1947, p. 339). Apoyó a Pezuela tras el pronunciamiento de Aznapuquio235 y, significativamente, estuvo de acuerdo con La Serna en la disolución de la Junta de Pacificación y se negó a seguir negociando. Mientras permanecían su esposa e hijos en el Cuzco, embarcó para Río de Janeiro el 29 de enero de 1822, donde coincidió con Abreu (Fisher, 2009, p. 113). Anna le pone como ejemplo de la trágica suerte que corrieron los españoles que tuvieron que abandonar el Perú, pues cuando recibió la orden de expulsión por negarse a jurar la independencia, tuvo dificultades, como otros muchos, para conseguir pasaje. Abordó sucesivamente cinco naves de bandera británica, norteamericana y francesa, pero la intervención de San Martín impidió que embarcara. Fue procesado por conspiración y perdió las extensas propiedades de su esposa. Como otros emigrados, permaneció en Río, esperando que la situación del Perú fuera favorable a los realistas para poder regresar. Finalmente, continuó su viaje 161
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