de ser sometido a un juicio en el que sus defensores, para rehabilitarle, habían cargado la responsabilidad sobre el virrey. Uno de los resultados de Miraflores fue el enfrentamiento explícito entre Capaz y Unanue, que salió a la luz pública en plena crisis de autoridad del virrey. En cuanto a la elección de Capaz, pesó su prolongada relación con el Perú, que se remonta al sexenio absolutista y a la experiencia desastrosa de la expedición naval de ayuda al Perú (Gil Novales, 2010, p. 593)212. Tuvo que hacerse cargo cuando ya la flota había partido, sustituyendo al capitán de navío Castillo. A la altura de Buenos Aires se sublevó la tripulación de La Trinidad, y ya en aguas del Pacífico, en Talcahuano, la María Isabel fue apresada por los insurgentes chilenos213. La consecuencia más directa fue que el Perú se vio desprovisto de una ayuda largo tiempo esperada, pero también repercutió sobre las trayectorias de Pezuela y Capaz, que se vieron involucrados en la depuración de responsabilidades. En cuanto a Capaz, el 10 de junio de 1819 el virrey escribía que el bergantín Guadalupe, que había salido de Valdivia, conducía a individuos de la «desgraciada» fragata María Isabel, encabezados por el teniente de navío Dionisio Capaz (Pezuela, 1947, pp. 477-478). En Lima, en agosto de 1820, fue sometido a juicio a instancias del jefe del Apostadero del Callao, Antonio Vacaro (posteriormente integrante de la Junta de Pacificación en las negociaciones de Punchauca), causa de la que salió indemne, en detrimento del propio Pezuela214. El otro frente que Capaz tuvo que encarar fue el conflicto con Hipólito Unanue, secretario en las negociaciones y plausiblemente ya decidido por la causa de la independencia. El 7 de octubre de 1820 La Gaceta de Gobierno de Lima publicaba un manifiesto firmado por los comisionados Villar de Fuente y Capaz y el secretario Unanue, quien era muy favorable al sistema constitucional español y contrario a San Martín, al que se acusaba de romper las negociaciones, «las ritualidades más respetadas de la guerra». Arremetían contra la Expedición Libertadora que, en realidad, había sido expulsada de Chile y a la que se atribuía una fuerza de la que carecía. San Martín había actuado deslealmente, pues tras una careta conciliadora escondía su verdadera intención: recabar información y situarse en una posición favorable. Los diputados reaccionaban haciendo un llamamiento a la guerra: «¡A la guerra, o más bien a la justa defensa de nuestros lares y de nuestros intereses más preciosos nos llama nuestra común seguridad!». 151
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