estas transacciones no se contase con la aprobación del gobierno de Chile178. Para finales de junio La Serna estaba convencido de que los independentistas estaban infringiendo el armisticio. Los artículos que se estaban trasgrediendo tenían que ver con los límites fijados para los ejércitos, el asesinato de españoles, el robo de valijas y de plata que conducía el correo de Arequipa, la confiscación de ganado vacuno y equino, y el recibimiento a tiros del parlamentario Feliú179. Descartadas las posibilidades de un acuerdo sobre el futuro de la relación política entre los «payses independientes» y España, continuaron las conversaciones en Miraflores y en la fragata neutral Cleopatra (desde el 20 de junio). El fantasma de la guerra planearía sobre unos encuentros forzados en los que la diputación española, sin renunciar a la misión que le había sido encomendada de anteponer la paz a los laureles de la victoria, reiteraba la superioridad de sus fuerzas militares, y los patriotas denunciaban a su vez que los que incumplían eran los españoles, que demoraban la entrega del Callao y ocultaban los movimientos de las tropas180. Que La Serna preparaba la salida de Lima lo demuestra la exigencia con que pidió a los diputados información perentoria sobre el estado en que se encontraba el armisticio, porque debía tomar decisiones militares181. En esa línea, el 3 de julio hacía una declaración que descubría la contradicción de su comportamiento: no podía dejar de actuar como general de la fuerza armada y responsable de la salvación del Perú, aunque como presidente de la Junta de Pacificación debiera seguir las negociaciones; de esta forma, pedía a los diputados que asistieran a la reunión de la Junta que había convocado en Palacio para el 4 de julio, a las 10 de la mañana, para tratar negocios «graves», reunión que finalmente se retrasaría a las siete de la noche 182. El desenlace tendría lugar el 5 de julio, cuando comunicaba a estos mismos diputados su determinación de abandonar la ciudad al día siguiente con todas las tropas, dándoles instrucciones para que lo hicieran saber a los diputados del señor [sic] San Martín, que debía asegurar el orden en la ciudad, y añadiendo que quedaría a cargo del mando político y militar el marqués de Montemira183. En paralelo, La Serna trasladaba a San Martín su partida, «en nada debe influir a que la negociación 138
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