La independencia inconcebible

Emulando los tratados de Trujillo (Venezuela), acordados entre Bolívar y Morillo, pedían que, en el caso de que la guerra se reanudara, se firmara un tratado de regularización que la hiciera «cuanto menos funesta, cuanto liberales son los principios de las partes contratantes»165. En paralelo con lo que había sido la secuencia de Miraflores, las instrucciones iniciales se fueron perfilando y modificando para poder acordar ese armisticio, que daría paso a lo que serían las negociaciones, cuyo colofón sería un tratado de paz definitivo. En este nuevo intento la complejidad fue mayor, porque la partida se jugó a varias bandas: en primer lugar y en el epicentro, se situaba el virrey, que siempre quiso tener la última palabra, pero que tenía que contar con la Junta de Pacificación, de carácter consultivo según las Instrucciones del 15 de abril, aunque de hecho mantuvo un pulso con La Serna. En segundo lugar aparecían los comisionados, miembros de la Junta de Pacificación, que si bien funcionaban como una correa de trasmisión, eran también quienes se encontraban cara a cara con los diputados patriotas. Y, finalmente, como un elemento de distorsión añadido, aparecía el comisionado regio Abreu, que entendía tener derecho a estar presente como designado por el gobierno peninsular y a actuar en nombre del rey. Las conversaciones se iniciaban el 4 de mayo166. Desde la primera nota, los comisionados realistas advirtieron que cualquier insinuación de los disidentes de que se negociaba la independencia política sería impedimento para una transacción amistosa. Su misión era convencerles de los beneficios de la Constitución de la Monarquía española (siempre la refieren así) y de que la insurgencia había sido propiciada por el absolutismo y capitalizada por intereses extranjeros. Sin facultades para reconocer la separación política, invitaban a que comisionados debidamente autorizados por el gobierno de Chile acudieran a la Península. En el ínterin, como se había hecho en Costa Firme, procedía acordar una suspensión de hostilidades, refrendada por la firma de un armisticio. Apelaban a los lazos de hermandad que unían a españoles y americanos, como lo probaba que dos de los comisionados, Del Llano y Galdiano, fueran «originarios de esas provincias»167. Pero los patriotas respondían el 5 de mayo negando la mayor: no se podía iniciar negociación alguna sino sobre la base de la independencia política, y dado que los comisionados españoles no tenían autoridad para reconocerla, convenían en un armisticio que diera tiempo a viajar a la Corte y solicitarla al gabinete de Madrid. 134

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