La independencia inconcebible

del Perú, algo que ni su honor ni sus facultades le autorizaban a decidir. Y, por eso, porque era algo que tenía que resolver el gobierno supremo de la Nación, tampoco pudo atender a la propuesta de San Martín de que fuese coronado un príncipe de la casa reinante española. Se negó a hacer concesiones sobre el Alto Perú, como propusieron los comisionados del ejército de Chile tras el armisticio, porque supondría renunciar a un territorio cuya conservación había costado diez años de sudor y lágrimas; de ceder, sería para siempre, porque aunque los insurgentes le daban un carácter temporal, la experiencia demostraba que cuando estaban en una posición ventajosa nunca se volvían atrás142. En ese momento, Pezuela había perdido contacto con el proceso negociador encomendado a Ramírez143. Las comunicaciones se habían interrumpido al abrir el oficial patriota Arenales un frente que obligaría a Ramírez a desplazarse a Arequipa. La Serna heredaría un asunto al que no dedicaría particular atención, concentrado como estaba en asuntos graves, tales como Punchauca y la evacuación de Lima rumbo a la sierra, que prácticamente coincidía con el armisticio de Salta del 15 de julio 1821. Las riendas las llevaría el comandante general de Vanguardia, Pedro Antonio de Olañeta, y los comisionados, a su pesar, asistieron como convidados de piedra a sus movimientos pues fue él quien conversó y luego firmó el armisticio con los jefes del noroeste. Hasta el 8 de marzo de 1821, ya bajo el gobierno de La Serna, Ramírez no daría el primer paso, oficiando a Güemes sobre el nombramiento de la comisión y pidiéndole que aceptara las propuestas conciliadoras del rey. Añadía que mientras San Martín se encontraba en pésima situación, los españoles estaban a punto de recibir recursos navales desde la Península. Pedía al caudillo de Salta que enviara su respuesta por intermedio de Olañeta, que debía entregarle los pliegos conciliatorios144. Las guerras entre provincias condicionaron los encuentros, aunque no la resolución final. Cuando los comisionados llegaron a territorio altoperuano, Güemes se encontraba camino a Tucumán para repeler la invasión del gobernador de esa provincia, Bernabé Araoz, y había dejado en el gobierno de Salta a José Ignacio Gorriti. Olañeta, que para entonces estaba en campaña en territorio rioplatense junto a su cuñado Marquiegui, que había tomado Jujuy, no enviaría los pliegos a Güemes. Derrotado en Tucumán, Güemes regresó a Salta para conocer que había perdido apoyo y el cabildo lo había depuesto, consecuencia directa, según Mata (2008, pp. 193-203), del desgaste sufrido en su propio territorio, donde 126

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