mientras que estos le anunciaron la intención de San Martín de establecer una monarquía independiente con un miembro de la casa real española a la cabeza. El 1 de octubre los comisionados de San Martín se retiraban para elevarle las últimas propuestas del virrey y, tres días después, el 4, el general del ejército de Chile anunciaba que, finalizado el plazo del armisticio, tomaba las armas. En la invitación a San Martín, Pezuela ya mostraba la dualidad entre la retórica y la realidad. Advertía que se encontraba preparado para repeler cualquier agresión externa y, aunque se alteraban sus planes de «frustrar con las armas del Rey cualesquiera designios hostiles», se mostraba dispuesto a negociar porque prefería los triunfos de la paz y de la razón a los laureles de la guerra123. El mismo argumento esgrimía San Martín en su respuesta de 15 de setiembre, día en el que se juraba la Constitución de 1812 en Lima, en un discurso que era casi un calco del que le había remitido el virrey. También él tenía sus planes y contaba con los recursos suficientes para conseguir la victoria. Había demostrado en Chacabuco y Maypo su superioridad militar, pero también su deseo de paz, mostrado en repetidas propuestas para una transacción pacífica que no encontraron eco. Aceptaba la invitación siempre que lo que se decidiera no contraviniera la opción a la libertad por la que habían optado los pueblos de América. Si, en contra de sus deseos, la negociación no daba resultados, volvería a la guerra (Manifiesto de 1820, 1976, pp. 15-16). Ese mismo día procedió a nombrar a sus diputados, el coronel Tomas Guido, primer ayudante de campo, y Juan García del Río, secretario de gobierno, a quienes otorgaba «los más amplios poderes para negociar con el virrey de Lima». Actuaría como secretario el teniente José Arenales [sic] (Manifiesto de 1820, 1976, p. 23). Simultáneamente, intensificaba su campaña de propaganda, patente en las proclamas dirigidas a la población de Lima. Pezuela acusaba recibo el 19 de setiembre y, a su vez, hacía públicos los nombres de sus comisionados. Eran el coronel del ejército conde de Villar de Fuente y el teniente de navío Dionisio Capaz, a los que entregaba instrucciones por separado y les otorgaba facultades y amplios poderes para conferenciar en su nombre. Oficiaría como secretario Hipólito Unanue, protomédico y médico honorario del rey (Manifiesto de 1820, 1976, pp. 19-20). Las instrucciones, que no están en el Manifiesto, seguían puntualmente la real orden del 11 de abril. Los diputados españoles debían invitar, tanto al general San Martín como a los demás jefes y habitantes de las Provincias 117
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