Desde el análisis del discurso, las negociaciones tuvieron poco vuelo. La praxis dominó por encima de consideraciones teóricas. Los comisionados de uno y otro lado fueron hombres preparados, con experiencia en los asuntos públicos, pero no familiarizados con el arte de la diplomacia113. Los intercambios se desarrollaron en la esfera de lo pragmático, con argumentos sustentados en criterios de eficacia y todo lo más envueltos en un lenguaje retórico que recurría a lugares comunes de la cultura política del liberalismo que en ese momento compartían los interlocutores de ambas partes para defender causas enfrentadas, pero sin acudir a las autoridades que en tiempos de cambios en el orden internacional proporcionaban herramientas doctrinales para las relaciones entre potencias. De modo excepcional, los comisionados de Pezuela en Miraflores remitieron a la obra de Mably: Des príncipes des negotiations pour servir d´introduction au droit public de l ´Europe (1757), y el Manifiesto de Punchauca se inicia con una cita del barón de Holbach, procedente de su Politique Naturelle, ou, Discours sur les vrais principes du gouvernement (1773). Las negociaciones como instrumento de pacificación Tras el pronunciamiento de Riego en Cabezas de San Juan el 1 de enero de 1820, los movimientos militares y sociales que arreciaron en la Península obligaron a Fernando VII a jurar el 9 de marzo la Constitución de 1812. Para entonces la insurgencia había avanzado en las provincias continentales de América, las del Río de la Plata habían formalizado su independencia en el Congreso de Tucumán de 1816 y Chile había consumado la separación en 1818, mientras las armas dirimían la suerte de Costa Firme (Capitanía General de Venezuela y Reino de Nueva Granada). Solo los virreinatos de Nueva España y el Perú permanecían bajo control realista. Para pacificar los territorios en insurgencia los poderes centrales del Trienio Liberal (1820-1823) simultanearon tres líneas de actuación: la solución militar, la búsqueda de la mediación de alguna potencia amiga (preferentemente Gran Bretaña) y la vía de la diplomacia, la de la negociación, que fue la gran apuesta del segundo liberalismo para reintegrar la nación española en los términos en que la definía la Constitución de Cádiz (Gil Novales, 1980). Las negociaciones formaron parte del giro que la política española del Trienio intentó dar a la cuestión americana, propiciando iniciativas de 110
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