La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

AÑO VIII. N. º t 7fl. . l!tt ·Jglcsitt fnntñtt. PERIODICO SEMANAL. ORGANO OFICIAL DEL GOBIERNO ECLESIASTICO DE LA DIOCESIS, SECCION OFICIAL. CARTA PASTORAL qite el Iltmo. Sr. Obispo di'i'~j'e á sus muy aniaclos hijos los fieles todos de la JJiócesis. Carísimos hijos: Por lo mismo que la época presente se ofrece con caracteres tan hostiles á nuestra fe, Nuestro Selior, que ha ofrecido estdr con su Tglesia ha.,ta la consumacion de los siglos, multiplica hoy )as pruebas de !)U particular proteccio11, hablánJonos por su Vicario sobre la tierra, con un lenµuaje tan persuasivo, tan análogo á nuestras circuntancias, que a decir verdad, 110 podemos dejar de reconocer en él, al sucesor del hijo de Jonás a quien Nuestro Señor Jesucristo dijera un dia estas palabras memorables: •Tú eres Pedro, y sobre esta piedrn edificaré mí Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» Tales reflexiones nos han ocurrido · ea.da vez que hemos tenido ocasion de leer los improvisados discursos, que por motivos particulares lrn pronu11ciado nuestro Santísimo Padre Pio IX en su edad octogenaria. Pero, lo declaramos francamente, al leer su re~puesta á la manifestacion de la nobleza rc,maua, tal y como la reprnduce «La Sociedad» en su numero de 25 de Febrero del presente año, tomada del correspon!-ial de la .. union11 , hemos esperimentado un entusiasmo cristiano tan siugular que apenas podemos resistirnos al deseo que nos anima de ofreceros el discurso de su Santidad, acompui'iáudolo de algunas pobre,; reflexiones análogas quizá á nuestra situacioa. Hé aquí el discurso. .-Un profeta del Antiguo Testam.ento se quejaba Uil dia á Dios de que el pueblo de Isr1tel había dejado los al tares del Seüor, para correr á los de Belial. Todos, decía, doblan la rodilla delante de Bclial; yo solo, Señor, solo yo, he permanecido fiel y nü he cncorbado mi frente ni dejado vuestros altares. ·Pero la respuesta del Selior le confundió l::ieu pronto en sus pesares y en su vanidad. «No eres tú solo, le dijo el Señor, en no ., doblar la rodilla delante de Belial; huy rn1f'~s y millares, como tú, que no se iuclrnan delante de In impiedad y del error.» Vemos en los tiempos actuales una situacio11 muJ semejuute á la que nos selialau asi las Santas liscrituras, en el pasaje en que se encuentrn el diálogo entre el profeta de que hemos hablado y Dios. Cuantos y cuantos en Roma, en ltaHa y en otras partes ; ó por .debilidad ó por malicin, han doblado v doblan aún la rodilla dehl'1te de ~ste Bcli.1J de la revolucion italiana, ó mas bien de la rnvolucion europea! · Sin embargo, no se puede negar que mill a res y _millare s , e_u Italia y eu Eu - ropa, no han doblado jamás la rodilla, dela11te de esta divinidad san~uinaria. Y aquí me co11te11to con nou1brar á la Europa, sin pasar revisia á las diferen - tes naciones que la compone n, porque, hablando de tantos millares y millares de católicos, temo olvidar al~unos, y enlónces aquellos que 110 hubiere nombrado podrían venirse á qu ejar y á decirme, como me ha sucedido ya otra vez: Santísimo Padre, en vuestro último .discurso, hablasteis de las otras naciones, y no 110s habeis mencionado; hemos oesmerecido , ó no os amamos tanto como los demás. A;.í, pues, hablo de la Europa y del mundo católico, sin hacPr la e11u11ie1acio11 de las difere11 tes naciones, para no ser acusado de murrnuradnr d t! los pueblos. No, no soy rnu-rmiwador de los ' pueblos; pero, . de los príucipes .V de los gobiernos, sí. ( .. A estas palabras, todo el audi lori·o se sonrió, y el semblante del Santo Padre es · presaba la mas fina y espiritual ingenui• dad.») "El milagro mas grande: de esta fidelidad del pueblo católie.o no está sol11mente en las palabras con que nos expresa su adhesio11 y su fé, sino tambi e n, y sobre todo, en las abundantes limosnas que nos envia; y asi es cnmo , emos verificarse las palabras del can- , tico sagrado: E.surientes ímplevit bonis et dfoif.es dimisil inanes. Los pobres del V11tica110 estan provistos de todo lo necesario, no solame11te para ellos, sino tamhien para los demás: Esurientes implevit bonis. Per<> la otra parte del tt'Xto ~agrado no está mé11os co11firmada; "J vemos al co11trario, al g11bieruo esjJoliador cubierto de deudas, :,;i11 tener oro, ni piula, s ino papel, y nada mns que papel. Le vemos reducitlo á una miseria tal que, si se buscára en sus cajas, 110 se enc1111lraría ni una pieza de moneda, aun cuando se re,1ist ráran con la linterna de Dióje11es. Div-ites dimisit rnanes. La Santa Escritura llama era otra parte i1 esl tlS ricos fastidiosos divites. Jamás 11in~u11 titulo les ha co11ve11ido meJor, porque son verdtiderameute fastidiosos y pes~dos; fastidiosos, con sus cargas, sus impuestos y las opresiones de toda especie, cou que abruman al pobre pueblo. «Continuad rn~strandoos siempre fieles y sumisos y narchad por la via que habeis tan 110 lt>me11te emprendido. Vuestra fidelidad forma vuestro mayor elojio y mi mas qulce satisfaccion. Sed, pues, sie mpre constantes y fieles. La semana última he recibido el obsequio de u11 libro, que mis 1111rnerosas ocupaciones 110 me ha permitido todavía revisar; pero su lít.1110 solo es toda una · e11seria11za. Este libro tiene por título: La Constancia. «Esta constan •ia es la q_ue ruego á Dios os conceda. ¡ La constancia, lo sé, es un efrcto d~ la g-rilcia, es u11 don gratuito de Dios j pero El no lo rehu-,a .á aqu_ellos que s_~ lo piden y que hacen cuanto está en s~ poder, para obt~nerla. «Sí; tened constancia en las numerosas buenas obra que sostenPis, y Dios os bendecil"á y os consolara. Tened constancia y con~rnuad siempre en dar buett ej e mplo de fidelidad y de piedad, y en educar á vuestros hijos en el amor Y temor de Dios. • "Pedid esta constancia a Dios; rogad á los cinco mayores santos, y cuando digo los mayores, no quiero pronunciar un juicio sobre el mayor o me1wr mérito de los santos, siuo que entiendo referirme a los que la Iglesia considera como los mas elev<\dos en el cielo. Rogad á San Pedro pc1ra que os obtenga una fe inquebrantable. R0gad á San tJablo para que os consiga tener, como él, el celo por la religion y la propngacion de la palabra de Dios. J;>irigíos á San .1 uan Bautista, para que tenga is, como él, el desprendimiento de los bie11es de este mundo y el valor de arrostrar de frente la iniquidad; él reprochaba las impiedades y los escándalos de los podero!'.os de su época y no tuvo miedo, ni de los reyes, ui de la prisiou. «Pedid á San Juan Evangelista la ca- . ridad. Sabcis que San Juan Evangelista ha sido llamado el apóstol de la caridad y que la predicaba siempre á sus discipulos: Filioli, les decía, diligite alterz,trum. Esto hasta el punto de que aquellos se cansaron de oírle repetir . las mismas palabras. P.,ro el santo apóstol 110 dejó de repetirlas: Diliyite, filiolí, alternlrum, porque la raruJad es el fundt1me11to de todas )ns virtudes. En fin, rogad á San José, á j quien hemos elegido por protector de · la fo:lesia, para que proteja á esta l~le sía y la liberte pronto de todos los males que pesan sobre ella, y roga lle tambien, para que os asista en la hora de la muerte y os ha~a dulce y fácil el tránsito de esta vida de miserias á la hiena venturada eternidad. «Sed, pues, constantes y pedid á Dios y á i;;us santos la confirmacion en la virtud, qu~ hace vue,;;lra honra y mi mas dulce alegría. Ahora yo os beuoigo, 1bendigo á vuestras familias, ,uestros bienes, vue:-tros negorios, y ruego á Dios os be11diga y os recompense, y os conceda la gracia de ver que vuestros . queridos hijos se conserven siempre bue110s calól1cos. Que esta beudicion esle con vosotros todos los dias de vuestra vida .V os acompañe. en el Paraíso por tod.a la t'ter11idad. «Benedictio Dei; etc." Nuestro Santísimo Padre, comienza desde su exordio, á · recordar las palabras de un profetn, . que tenían por ob- . Jeto una queja sentida co~tra ttiJo el pueblo de Israel cuando solo eran culpa~les en la prese11cia de Dios u11os pocos Israelitas ingratos. Alusion subliJDe con la que prueba el gran Pío IX que 110 son )os ~atólicos ni los Italianos todos, ni menos sus súbditos queridos de los estados pontificios los qne han doblado la rodilla ante el Be lial de Masini y Garibaldi,' queremos decir anle el infatuado Víctor Manuel, que parodiando sin quererlo al históricamente célebre N,íbucodonosor ha pretendido forjarse, moralmeute, una mPZqnina estátua de soberanía basada sc,bre la unidad italiana, como si dijéramos sobre el pedestal de barro, que la de- .' magogiu le prepara pnr11 labrar su ruina iut•vit11ble-. ¿Es acaso la Europa, la que proteje estos avances dem11gó~it•os? Muy miope en óiplomáciu seria el que aceptára semejante juicio. ¿Es por ventura la Italia, la que aspira al entronizamiento de Víctor l\Januel? Seria preciso carecer de todo criterio racional par¡i creerlo así: ¿Seran ncaso los subditos de los estados pontificios los que deseen sacudir el . sna,e yugo de los sucesores de Pedro? Para admitir tul concepto, era necesario tarjar una a unn todas las líneas de la hist.orin de catorce siglos: ern indi s pensable declarar á los súbditos del Pontífice Romuun, como trál'!sfugas del sentido cdmun; lo que á toda~ luces es inaceptable. Así sucede muchas veces, hijos carísimos, que cuatro ntQlondrarloR para quienes no hay Dios ni Rt~li~ion ulguna, inspirados por pasiones mezquinas, pretenden ~tr los écos de las naciones y de los pueblos, mientras que en verdud no son si.no el respiro del bando impío compuesto de· u1111s cuantas cabezas frívolas, vacías completamente de toda idea religiosa: ellos Sil arro~an el derecho que 110 tit·nen, por cuanto preteuden ser la person ificfu•ion de naciones ó put-blos que pie11san y siénten de una manera clisli11ta; ma s , entre - tanto gritau audázmente, y con sus gritos destemplados suelen producir el entontecimiento de los pueblos. Ved aquí por qué Pio IX, bien persuadido de la ilusion que producen e ~tos for· santes en po lilica y en r e ligiou, los marca de um1 manera particular declarando qui• no es la ltalia toda, 11i menos los e~tados ·po11tifi eios los que combaten su sobera11ía tempn1 al. l\Ias, 110 todos los Israelita!-1 doblaron su rodilla ante el ídolo Belial. No todos los pueblos son lo · que quier~ lrncerleR ' ser dos ó tres miserables tribunos. No todas las uaciones (hablamos de las uaciones católicas) pieu~an y sie11ten como sueJeu peusar y se11lir sus ~obieruos ínspirados muchas veces por las máximas de una torp" impitdud. Razon tenia pues, 'J muy fon.tuda, Nuestro Sa11tísimo Padre, al decir que 110 era murmurador de los pueblos µero sí de los príncipes y de los Gobiernos. Para probar su aser<'ion, el Pnpa re• cuerda estas palabras del cántico Magt1ificat: Esurientes implevil bonis et divites di-rnissit inanes; y ex1b1é11dose él corno verdadero pobre en el estricto sentido de la pulnbra, por cuanto, manos saerílegas le han arrebatado su patrimonio, se ofrece asimismo formando co11t rnste con el célebre Víctor l\Ia 11uel, ,~n ma - teria de bienes temporales, revdu11do 111 triste situa1·io11 por la que ulravie !-> l~ este soberuno iufotuado, cul>it!.l'lo de

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