La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

Mecánica Racional. Primer premio, D.,Juan de Dios Sardon. Segundo premio, D. R. Candela. Calculo. Primer premio, D. Ángel Marlinez. Segundo premio, D. lUariano Montesinos. Geografia del Peru. Primer premio, D. Leqpoldo Recabarren. Segundo premio, D. Aagel Martiuez. Geografia Moderna. Primer premio, fué s.qrteado entre los setiores D. Belisariú Juarcz y D. Pablo Giraldo, el primero fué favorecido por la suerte. Segundo premio, D. Diego Castillo. Geetgrafia A 11tigua. Primer premio, D. Juan de Dios Sardon. Segundo premio, D. Leopoldo Recabar~ reo. ' Latin tercer año. Primer premio, D. Juan de Dios Sardon. Segundo premio............................ . Latin segu-1ydo año. Primer premio, D. Angel Martinez. Segundo premio........ , ....•........•••.... , Latín primer año. Primer premio, D. Francisco Noriega. Segundo premio............•..•......•...... Historia Santa. , Primer premio, sorteado entre D. Natalio Giraldo y D. José l\liranda, el último fué favorecido por la suerte. Segundo premio, D. Heladio Romero. Gramatica primer año. Primer premio, D. Natalio Giraldo. Segundo premio, D. Bartolomé l•'erran.- diz. Aritmética Practica. Primer premio, D. Diego Casti!lo. Segundo premio, D. Mariano Alvarez. Religion. Primer premio, D. Francisco Noriega. Segundo premio, D. Ba'rtolomé Ferrandíz. . INSERCIONES. LOS LIBERALES SIN MA.SC.AR.&. CAPÍTULO VI. § l. CARTA Á LA CONDESA•- Te -vuelvo á -ver, y ¡qsién Jo diría! te 'Vuelvo á ver rodeada de los esplendores de la aristocracia y de la riqueza, y siendo la luz en torno de la cual jiran con rapido vuelo multitud -. de mariposas, vanas como la necedad y lijeras co- , mo tu pobre corazon. Si no lo viera, apenas lo creería, mi querida condesa. Pero es fuerza dar crédito á mis ojos y a mis oidos. Te he 'Visto en los hermosos salones de tu nuevo palacio, y, lo que es mas terrible, te he oído hablar. ¿Eres tú aquella jóven cándida y creyente que iba á depositar todos los afios por la primavera un fresco ramo de flores en el altar de la Virgen? ¿Ere& tú aquella nifia sonrosada como el cielo al amanecer de un dia de verano, que rezaba el santo Rosario al lado de su madre, y consagraba á Dios la primera hora d'e la mañ.ana, despues que el sol, hiriendo los cristales de tu cuarto, venia á arrancarte de los brazos del suefio? ¡Ah no; no eres tu! Te he -xisto; te he oído hablar; he examinado los lienzos que adornan tus salones, y las joyas que penden de tu descotado cuello, y ... lo repito: no eres tú aquella que yo conocí. Llamábaste lUaría entonces. ¡Qué nombre tan tierno! Llamaste hoy eondesa de ... no . sé cuántos. Qué nombre tan prosáico! , Tuve noticia de tu fortuna, y pensé que algun jeneroso corazon, de la noble Mugre de la vieja aristocracia, prendado de tus virtudes y belleza, te había enaltecido, eníllteciéndose él con dar su mano al mérito, y no á Ja cuna. Mus luego me dijeron qne tu conde era un antiguo demócrata, conquistador de títulos nohiliari-0s en las revueltas civiles. Doliome esta neticia, y empecé á temer por ti. No era vano mi temor, á fe mia. Hov, a) Yerte y oírte ¡perdóname, despreocuLA IGLESIA PUNEÑA. l pada condesa! he llorado de lástima. ¡Tu J tomando partli: en la política! ¡Tu intri1 gando contra los ministerios, y "endíendo sonrisás, y alquilando miradas, y des• honrando el nombre de tu marido por brillar en las alturas del poder! ¡Pobre María ... ! digo ¡afortunada condesa! Es 'muy cruel el mundo que nos rodea: sé que para tí es muy divertido. Te adula, te lhonjea, te lleva y te trae en las gacetillas de sus periódicos, pondera hoy tu elegancia y mañana tu talento: ¿no te ha de parecer divertido y amable quien así te trata? Pero está el datío en que cada una de sus lisonjas es una saeta contra tu alma. Yo la conocí blanca como las alas de una paloma. Hoy no la conozco ya. Quizas el amor que en ti se ha despertado hácia la civilizacion moderna, ha hecho que tu alma tenga un color semejante al del humo de la locomotora... Este mundo tan chilízado, tan culto, tan lisonjero, es muy cruel, por mas que tú pienses lo contrario. Aun no te ha dicho, por ejemplo, que los lienzos de tus salones y las joyas de tu cuello dP-bian horrorizarte. Eran objetos sagrados que la piedad de nuestros padres depositó en 1-os templos de Dios. La civilizacion, que tanto te seduce ahora, dijo que el Hombre que había nacido en un pesebre no necesitaba de las nnas riquelas del mundo, sino de corazones sinceros que le adorasen. Esta civilizacioa tan escrupulosa que recuerda á los pastores del Santo Portal y olvida á los Reyes de Oriente ofreciend9 incienso, mirra y oro al Hijo de Dios; esa civilizacion arrancó, por mano de tu marido, los lienzo~ del templo, y los puso en las paredes de tus salones; arrancó las joyas de venerandas imágenes, y las colgó de tu alabastrino cuello. ¡No es posible mayor severidad de conciencia! Cara amiga; un pobre jornalero acaba de salir de la cárcel, donde ha estado seis meses por haber robado un pan para dar de comer á sus hijos. Primero que ha podido probar esta circunstancia atenuante, ha pasado todo ese liempo confundido con los mas grandes y abyectos criminales. Absuelto al fin, no creas •que sus paisanos le miran como antes. Huyen de él y le señalan con el dedo llamándole ¡ladron! Cara amiga: ¿por qué tn marido no arrastra la cadena del presidario? ¿Por qué la sociedad se postra á sus pies, y le adula, y le llama hombre probo, estadista íntegro y virtuoso ciuda.dano? Ya sé que tu das á e~to el nombre de progreso de la humanidad; pero ....• ¿por qué este progreso no sirve tambien para aquel pobre hombre que ha robado el pan? ¡Ah! Es un desdichado que no tiene la ventura de plantear en el gobierno principios que atacan la propiedad del prójimo en nombre de un liberalismo que detesta cordialmente á los tenebrosos frailes, a esos holgazanes del jénero humano que labran la tierra, repartiendo la mayor parte de sus frutos entre los pobres, porque ellos necesitan de muy poco para vivir; que cultivan las ciencias y las artes, no por vano afan de gloria mundana, sino con el fin de arrancar los secretos de la naturaleza para que resplandezca la gloria de Dios; que, sobre todo, viven constantemente luchando contra los embates de la concupiscencia, cosa que principalmente aborrecen el liberalismo y la éivilizacion q·ue tanto amas... Sí aquel desdichado estuviese en lugar d'e tu marido, ¿quién se atrevería a ponerle el grillete? Sí en vez de robar un pan ese infeliz acosado por el hambre, robase las joyas de los converüos, ¿qué patriota no le levantaría estátuas como sincero revolucionario y enemigo jurado del oscurantismo y la teocracia? Pero te he oido hablar de la corrupcion de los conventos, citándome trozos de historia que lees en los folletines de los periódicos que elojiau á tu marido corno politico J á ti como vivo ejemplo de elegancia y ouen tono. Espliquémonos francamente, condesa de mi alma. ¿Qué significaban las sonrisas que mas de uua vez cruzaste con un apuesto caballernte que hacia gala de una impiedad' estúpida? Qué significaban algunas frases sueltas que llegaron á mis oidos al pasar por delante de un pequeño grupo de amigas tuyas? , Paréceme que al hablar de In corrupcion de los conventos no te has parado á considerar que el diente de la murmuracion se ha clavado en tu honra, y, lo que es peor, con mas fundamento del que conviene á tu nombre y al de tu marido. Fama de buena llevabas en tu juventud, cuando, lejos del mundo, no sabias Jo que era liberalismo, ni incautaciones. ¿Estas segura de gozar ahora de la misma fama, ahora que ha penetrado en tu iutelijencia la luz de la ilustracion? Lo digo, porque si no, me parece que no es á ti á quien compete hablar de la corrupcion de los conventos. ¡Pobre María! Has muerto naufragando en los escollos del liberalismo. ¡Afortunada condesa! Eres la reina de los salones y de la política, y .olvidaste la piedad, que era el perfume de tu juventud. Apropósito; condesa mía: un escritor que te espanta ha dicho esta frase terrible: ..1a mujer que no es piadosa, es o está á punto de ser una perdida.• No te repito esta frase pa·ra atormentarte, ¡aA! Do; te la repito para que dejes de ser liberal, vicio feo en los hombres y feísimo en las mujerei, y -vuelvas á ser piadosa como·en los días de tu primera juventad. Y á Dios, que de ti se apiade. § II. LA. CULEURA ENTRE LAS RUI'N'AS. Cincuenta años há pasaba el caminante por este sendero á la caida de la tarde, y, fatigado de l_a jornada del dia, anhelaba por encontrar albergue seguro donde forta,lecer el ya desfallecido estómago, y dormir hasta que despuntase el alba. -Buen campesino, decía al labrador que tornaba á su hogar cou el azada al hombro y en la izquier.da mano el ronzal con que tiraba del par de mulas: ¿no hay aquí cerca algun ventorro, ó vivienda alguna en que pasar la noche? -Siga vuesa merced como ochenta pasos adelante, y á la derecha del camino topará con la embocadura de 0tro que ha de llevarle á casa segura, doude eucontrará todo cuanto haya\ menester. -Gracias, bueu hombre, y que Dios l e guarde. 1 - Y á vuesa merced no olvide. Y el viajero seguia adelante y tornaba el camino que se le halJia indicado, y tal vez á los pocos momentos oia el solemne tañido de una campana cuya voz, al descender de entre las nubes, se esparcía majestuosamente por todo lo ancho y lo largo de la llanura, é iba á perderse en las gargantas de las moutafias que cortan el lejano horizonte. El viajero descubl'ia su cabeza, y convirtiendo la fervorosa mirada hácia el diáfano cielo, rezaba el Anr¡efos, y saludaba como hijo fiel á la l\Iadre de los viajeros de la vida. L~l caminante había entendido el misterioso len¡¡uaje de la campana: Reza, ven. Reza, le decía al cristiano; ven, le decía al via;ero. Y el cristiano y ei viajero cumplían con el mandato de aquella voz que hablaba todas las lenguas. .A poco de andar, e·t cnminaute descubría una pequeña torre de donde brotaban los sonidos de Id campana; luego la cúpula de una iglesia, y, finalmente, el cuerpo de un edificio severo como la penitencia, tranquiJo como la -virtud. Al remate se estendia una huerta, por cima de cuyas tapias asomaban los árboles sus copas cargadas de frutos delicadísimos. Sobre la puerta del frontispicio de la casa había una cruz. En el umbral, y sentado sobre un banco de piedra, un hombre, vestido de sayal humilde leía. Al ruido del viajero que se acercaba, el hombre del sayal levantaba pausadamente la cabeza, mostrando un semblante enjuto y pálido, pero en-vuelto en ese resplandor indefinible qoe á tra- -ves de la carne mortal despide uó alma pura y 'serena. El viajero, al aproximarse al hombre del sayal que ya le esperaba en pie, decía esta palabra hermosa que hace á todos los mortales hijos de l>ios: ¡Hermano! El viajero estabu entre los suyos: babia llegado á casa de sus hermanos, i ' su propia casa. ¿Qué casa era aquella? No lo preguntarán ciertamente los cristianos. Tampoco á ellos les contesto. A los qde uo lo son, les digo: ..Aquella casa era un convento.• Pasaba esto cincuenta aftos há. ¡Ay de mil grita hoy lleno de angustia el corazon. ¡Ay de mi! Desat;rouse los vientos; desbordilronse los ríos; reventaron los volcanes, y todo cuanto ostentaba el signo glorioso de la cruz, to-· do fue arrollado por el terrible cm.puje de la revolucion, que tiene la fuerza de los vientos, el impetu de los rios y la abrasadora corriente, de los Tolcaoes. Cayó la cruz de lo alto de esa torre, Cesó la campana de hablar el lenguaje de los ciclos á los caminantes y á los aldeanos de la comarca. ¿Dónde estás. cruz santa? ¿Dónde estás, Yoz bendita que herias las cuerdas delicadas del corazon, y le hacias vol~erse á Dios y co.u~ templar con relijíosa melm1colía las her• mosuras de la naturaleza al caer de la tarde? ¡Símbolos queridos de la fé cristiaua! l..os ojos codicios06 del mundo Ós vieron, y os derritió el fuego de su codicia.' Si ayer servisteis para encender las creencias de algun indiferente, tal vez hoy sirvais, convertidas en oro, para comprar la conciencia de alguu malvado! · Cayeron los altares de Dio!-l. 1'1utiladas están las esculturas que ornttban l01 pó1·ticos. Silenciosos los claustros, solitarias las celdas, y el aire frio de la noche silba en los largo~ corredorea donde en otro tiempo resonaban los lentos pasos del pensativo monje. Ruinas, ,ruinas p,or todas partes, y por todas partes recuerdos -venerandos. Aquí sacrificó un hombre los dias de su juventud en aras de la ciencia . .Allí espiró sonriendo uo anciano cuya elocuente palabra, enardecida en el amor divino, llevó al alma de muchos infelices la luz de la verdad, ó el santo dolor del arrepentimiento. lUas nlla se elevaban cátedras gratuitas para los amantes del saber humano. Por esa pue"fta se repartía diariamP.nte alimente pata los pobres. Cada estancia, cada piedra es un recuerdo de esas grandezas m11ra villosas que pasan iuadvertidas para el mundo, porque nacen y se desarrollan envueltas en el secreto de la abnegacion que calla. El aire frio de la noche continúa sil~ bando e11 los largos C!)rredores, y azote 1 las hojas de lns veutauas desvencijadas~ y de las puertas hechas pedazos. Una nube negra que manchaba la tersura de los cielos, da paso á la luna, q,·e deja c11er sus tibios rJtJOS sobre aquel monton de rninas que fué !-ngrado recinto de la virtud y del Mher. Quiero besar esos muros dentro de los cuales pasaron los dias de mi infancia; quiero cubrir mi cabeza con el polvo de esos altnres que oyeron mis humildes oraciones; quiero bañilr con mis lágrimas este suelo sagrado, bajo el cual reposan santos -varones é iusigues sabios .•. Pero ¿qué estraño ruido -viene A turbar el silencio de estas tristes aoledadei-? ¿Será otro cristiano que quiere tambieo llorar sobre las ruinas de la fé! Llega á mis oidos la l'OZ áspera de uu hombre. Acaba de proferir una blnsfemia. ¡Ah! no es un cristiano. ¿Quit'la

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