La Iglesia puneña : órgano del gobierno ecleseástico de esta diocesis/Título posterior : La Iglesia Puneña periódico semanal. órgano ofial del gobierno eclesiástico de la diocesis(desde N°37)/Título posterior: La Iglesia puneña: publicación eventual. órgano de dcoumentos, doctria y hechos (desde n°180) - Año Nº1-18,/Nº19 Ene 12/Año 2-Nº2/Año 1,Nº3/Año II-Nº 23-51/Año III Nº52-79/AñoIV Nº 80-99/100-116/ Año V-117-136/Año VI 137-148/Año VI Nº149-172/Año VII-Nº175-184

Jico vulgar, sino un monarca decendieute de una de las dinastías mas antiguas de la civilizacion cristiana; un príncipe proveniente de una extirpe de ungidos con el óleo santo que consagra la Iglesia, para derramar en el nombr" del Dios de las naciones sobre la cabeza de los reres y confirmarles con la potestad divina la fuerza de su temporal poder. Doblemente, pues, padece el animo de los fieles, viendo al hijo desnaturalizado querer desgarrar las tiernas entrañas de la madre. ¡Víctor Manuel de Saboya! has empañado los preclaros blasones de tu ilustre casa con el soplo del fétido aliento de los perseguidores de la Iglesia, con impía mano has inscrito tu nombre en el catálogo de los Domicianof½ y Nerones. ¡Rey de Jtalia! hijo de la revolucion, que, Saturno de peor ley te devorará como á su propio engendro, mas feroz que el bárbaro Atila, has menospreciado al venerable Leon que hoy se sienta sobre la silla de Pedro, mas cruel que el lombardo Luit- . prando no te has conmovido á la, voz del ilustre Gregorio, que te conjuraba no profanases . la ciudad de los mártires. Este bárbaro príncipe, ante la presencia' del Pontífice, que le hablaba en nombre de la Cruz, detuvo el ímpetu de su fogosa ambicion, derramó lágrimas, se arrojó á los pies del Vicario de ' Cristo, pidiéndole la bcndicion, y díjole con conmovida voz: «NUNCA TUR- • BAR.E EL REPOSO DE LA. CIUDAD QUE »GUARDA LAS CENIZAS DE LOS SANTOS »APÓSTOLES». Y tu, Víctor l\Januel de Saboya, monarca civilizado, jefe de una nacion culta y , fidelísima que reprueba tus sacrílegos netos, tú por cuyas venas corre la sangre de nobilísimas ~eneracio·nes de héroes cristianos, · tú no solo has turbado el reposo de las cenizas de los ilustres fundadores del cristianismo, no solo has conmo- , '1ido las- catacumbas, con el bronco ruido de los fuegos de tus cañones, no solo has despreciado al augusto Pio; sino que, has escnndalizado al mundo con la negra infámia de tu perfidia. Espiabas certero el momento oport'uno para caer sobre tu presa, firmaste tratados que el temor te obligó á cumplir, empeñaste tu palabra de rey y de hombre, y, cuando la hidalA guía de tu nombre y la fé italiana te obli~aba,n mas que nunca á mostrate leal y caballero, y, á presentar á la pátria del Dante y de los l\Iédicis tan grande y tan espléndida como siempre ha sido, te has manifestado pérfido y felon como jamás debió esperarse de un rey, de un hidalgo y de un hombre de honor. Para el juicio ·que de tu conducta debe h11cer la historia, le has dado las premisas, ella te sentará las conclusiones. l\lientras tanto gózate en el fest~n d~ tus iniquidades, que en medio de la orgí'a, cuando apures el licor de tu falsa gloria en los sagrados vasos que has arrebatado del templo del Dios Inm@rtal, tus ojos despavoridos leerán sobre los dorados artesones de tu regia estancia el MANE THECEL, PHARES que la mano de la divina justicia ha decretado para tí. El hecho de la usurpacion de los Estados del Pontífi~e, tal y como $e ha realizado, o·o puede ser visto sino con la mayor indignacion por todo ojo imparcial. Vengan los enemigos mas encarnizados de )a Santa Sede, preséntense los abominadores mas ardientes del nombre de Cristo y su Iglesia, depongan por un momento sus odios en aras de la justicia y respondan si pueden vindicar á un rey que no alegando otra razon sino la idea que germina en su cerebrb y en el de sus adeptos, de ensánchar la estension de su reino con territorios que no le pertenecen y colocar su capital en una ciudad grandiosa y sublime, la cual corresponde, de derecho, al Soberano de otro Estado; en una ciudad que es _la primera del ,Orbe por sus tradiciones, por sus monumenLA IGLESIA PUNEÑA. tos y por sus glorias, en una ciudad que el mundo todo ha considerado como cosa sagrada, podemos decir, que la ha separado del comercio de los hombres levantágdola sobre el órden de lo temporal y demoniáodola la CIUDAD ETERNA para distinguirla de los <lemas pueblos terrenos. Repetimos que sin alegar otra causal, que no sean estos ambiciosos anhelos, se lanza con los suyos á reducir á hechos reales lo que una recta razon rechazaría como delirios producidos por una imajinacion calenturienta. ¡Que~ ¿Así se arrebatan sus dominios á un Soberano lejítimo, solo por satisfacer ambiciosas pertensiones? ¿Así se despoja al poseedor de buena ley y con tan desnuda usurpacion se escarnece la justicia y el derecho del mundo civilizado? Y esto, para cuando la ciencia del derecho de gentes pretende haber dicho su última espresion? Cuando los principios de justicia y de derecho se invocan hasta pa- . ra el parricida y para el incendiario? solo para el Pontífice de Roma, solo• para la I~lesia de Cristo, ~oto para Dios no se r,ecouocen derechos? ¡De_sdichados! mil veces desdichados! los que tocando con sac¡·lega mano el arca. santa, blasfeman de ' U Dios: mas desgraciados que los esp ritus rebeldes, que gimen en perpet a cárcel, no se estremecen en sus ere ncias, porque no tienen fé, no quiere11 ver la obra del Señor en su Iglesia, mar han arrebatados por los ,·iolentos hudcaues de sus desordenadas pasiones y v!n rodando de precipicio en precipicib hasta hundirse eu su final pé:rdicio1l1. ¡Tristes de ellos! la fe 9e que apo tataron la recobrarán, pero, ay! ya 110 era para su consuelo, sino para su estrrmecimiento. ¡quán doloroso es ver á tantos fieles de la Iglesia de Cristo regocijarse en las angustias de esta tierna Esposa del Cordero! ¡Cuán triste es ver á católicos descargar sus armas homicidas sobre los muros de la ciudad sagrada, pa- ·ra entrar á ella como conquistadores, y entonar un himno de victoria postrando á sus piés al Vicario de Cristo! Solo un consuelo siente el alma fiel en el piélago de tantas desventuras, y es, contemplar al Padre Santo, como cuan sereno, cuan tranquilo habla al Universo católico, le cuenta la historia de sus cuit~s, le llora sus pesares, le manifiesta ~us esperanzas, y animad'o por el Santo Espíritu, venciendo todos los obstaculos que se presentan en su camino, sigue por el recto sendero de su debercon Ja fé en sus ojos, la esperanza en sus lábios y Ja caridad en su corazon; J les católicos sinceros se apresuran á unírsele en este Calvario, y, ya corno Magdalena rocían sus pies con las iáf!rima·s ·de su dolor, . ó ya como Juan permanecen de pié atentos á oir su palabra, listos para seguir su voz y continuar la obra de evangelizacion, que ha de durar hasta el dia de la resurreccion de la carne, cuando libre la Iglesia de sus perseguidores, aparezca triunfante como el astro de la ' buena nueva circundada de lo.s resplandores del Eterno. Católicos de Lima, alimentados con la fé de Rosa, de Mogrovejo y de Solano, y de otras mil y mil almas santas que han embalsamado con su aliento celestial, la bella atmósfera de esta noble ciudad ¿seremos indiferentes al movimiento .universal? ¿.No gravitarán nuestros corazones hácia el centro del catolicismo en cuya esfera ,ivimos? ¿El espíritu de nuestros padres no a parecerá en nosotros? Sí, en medio de nuestras desgracias, debilitados por nuestras contiendas civiles, doblegados por el ID<?nstruo de la revolucion, que casi desde que nacimos á la vida de las naciones nos desgarra sin piedad y vá sembrando su fatal semilla en nuestro seno; apesar de todo esto, lrl sa.ntidad de la causa, la justicia que la acompafia y la fé de nuestras almas, cxijen que ~ apartando nuestras miradas de las escenas de nuestra vida intima, las levantemos para contemplar los sufrimiento:; del Padre Comun de los fieles y hagamos oír nuestra voz unida al acento de dolor é indignacion que hoi conmueve los cuatro ángulos del edificio de Ja Iglesia, porque nuestro silencio en tales circun~tancias podría tomarse por una criminal aprobacion. Debemos protestar y protestemos contra una invasion que ataca los sagrados derechos del catolicismo, que viola los preceptos de la justicia, que socaba los fundamentos de la moral y que uos oprime con tiránica fuerza; protestemos ante Dios, ante los hombres y ante nuestras concienci1s, jurando sobre la fuente de lnuestro bautismo defender nuestra fé, que es la fé de nuestros padres, el pat imonio. mas preciado de nuestras almas la herencia ma2 digna que hemos recib do y el bien mas valioso que poseemos y, juremos defenderla, si preciso es, derramando hasta la ultima gota de nu tra sangre, que este es nuestro deber, nuestro derecho y nuestra honra. Si sentimos el dolor qu nos causan los hech0s ocurridos, sentirtlos tambien lit indignacion que nos proliucen, y, s;i debemos manifestar nuestro pesar con el llanto, debemos asimi jmo probar nuestro enojo, rechazando procedimien• tos tan proditorios y procurando por cuantos medios estén á nueitro alcance Já reparacion de tales injusticias. Aunque humanamente pueda desconfiarse del triunfo, nuestro deber es luchar, que como ha dicho el distinguido Obispo de Orleans:-«La lucha, aun sin el « buen éxito, sal va al méncs el honor, « la desercion nada salva, y el honor « ménos que todo.» Ríanse, m horabuena, los que al ver los ioúUes esfuerzos de los que combaten por una causa que representa la minoríél\ tienen el comodo sistema de plegarse ~l lado de los fuertes, ríanse esos espíritus mezquinos, que nunctt podrán co prender cuan sublime diferencia eaalt ce sobre los numerosos escuadrones qu arrollan en el ímpetu de su salvaje ar r al debil valeroso,, al puñado de hom res que luchan con fé y conciencia, ayendo en el campo destrozados y vien o huir dispersos los restos de sus hues s. Pero-¿qué digo? ¿acaso sucumbir~el .ca-· tolicismo, porque así lo juzgan, s que solo ven con sus ojos de carne, ue su causa aparentemente se presenta débil y que no es muí grande el num ro de los verdaderos fieles? Quien así juzga se engaña, y quizá muí pronto I realidad lo con vencerá, á su despee} , de su error. La virtud sobreuatura que le asiste y la fuerza divina que I sostiene están muí por encima de In cantidad y del número físicamente p nderables: los que se empeñan en des ruir con sus manos de barro el edificio que en ~u inmensurable poder levan · la diestra del Eterno, luchan con el imposible, algo mas, no solo emplean una fuerza muerta para el objeto qu se proponen, sino, que vuelven cout si los dardos que le disparan-Dan contra el uguijon. Católicos, nuestro esfuerzos cuentan con el auxilio div1 o, y el numero, la fuerza y todo aqn llo que en el órdcn natural es absollmente indispensable para calcular n buen resultado, solo debe ser mir o por nosotros, como instrumentos di ijidos por mui superiores impulsos: - chemos sin arredrarnos por los efín - ros triunfos de los contrarios, nC\ n s abatan los contratiempos, que el úl imo canto de victoria saldrá de nue - tras filas, tal nos está asegurado co inmortal promesa. Inescrutables son los juirios de Dios cuando su Suprema Voluntad 11sí lo dis pone, de la nada hace brotar los mun dos, del fondo del caos saca el armo nioso concierto del Universo y del poi vo de lu tierra crea al hombre. Ague que con su di vino soplo infunde al limo terrestre la imajen y semejanza de un Dios ¿qué no hará cuando mueva su brazo é imprima la fuerza de su poder al mundo? Miéntras los mortales nos confundimos en el intrincado laberinto de las humanas conjeturas y no comprendemos cómo podrá salir la tierra de los conflictos en que se vé envuelta, Dios, con su dedo Omnipotente pone el remedio donde ménos se pensaba, y, el órden se restablece y la cal rna sucede á la tempestad. ¿Quién sabe de dónde saldrá hoi la salud para el mundo? La Providencia ha determinado ya, sin duda, el punto de parti· da de la misteriosa corriente de su po· der salvador. ' Nada extraño seria que los últimos acontecimientos que han conmovido la Europa fueran el preludio de los que han de robustecer los designios del Allisimo. ¿Quien sabe si del centro de la Alemania, de allí, de don• de la Ig-lesia Católica ha recibido tan rudos ataques, venga hoi el consuelo, y el poderoso César de Occidente, cual nuevo Constantino no traiga la paz á la Iglesia, haciendo cesar las persecuciones. ¡Guillermo de Hohenzollern! Invicto y siempre augusto Emperador de Alemania, tu has empuñado con potente y ,alerosa mano el cetro de Cario Magno, y á tan -valiosa herencia van anexos mui sagrados deberes, las donaciones que al Pontífice hizo este Cé- , sar inmortal, deben ser sostenidas por quien le succeda en sus inmarcesibles glorias, y alta honra seria para tí, cuando In inmortalidad ha venido al borde de tu tumba, á rodearte con su aureola, abrir los ojos a la luz 'de la verdad y presentar el sublime espectáculo de· un anciano, que con un pié apoyado en la tierra y un brazo levantado al Cielo, fuera el intermediario entre Dios y el mundo para hacer cumplir la Suprema Voluntad. ~os, sea quien quiera y como quiera, el instrumento que sirva al Omnipotente para salvará su Iglesia, lo cierto es que será sal va; porque «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella11. Os desesperáis en vuestra lucha, enemigos del Cristo y de su I~lesia; sereis vencidos y humHlados¡ os lo repito ni descender de esta tribuna-dais coces contra el aguijon. . INSERCIONES. LOS LIBERA.LES SJ;,r. H..taCARA. CAPITULO SEGUNDO. § IV. ¡LA. T.EOCRACIA! Al hablar de los ministros que hoy se estilan, no sé por qué he recordado el instintivo horror que los liberales tienen á la teocracia. Y llaman ellos teocracia-, no al gobierno de Dios, como indica la etimolojía del vocablo, sino al gobierno del clero; confusion que clararnen te revela el afan de los modernos rejeneradores por desterrar á Dios del mundo, y sPbre todo el mundo político; porque impórtales poco a estos sabios, de que el clero tome ó no parte directa en la gestion de los públicos negocios: lo que Jes importa es que el clero sea cosa de Dios, que los sacerdotes se llamen ministros de Dios. ¿No aplauden nuestros patriotas al gobierno iug-lés y a sus Cámaras, donde tanta influencia ejercen los Obispos anglicanos? ¿No ,,en con ojos complacientes qne en el vecino reiuo de Portugal suele ser ministro parlamentario un Obispo conocido por sus ídeas liberales? ;.No son ellos mismos dignidades de la iglesia masónica, y, sin embargo, el que mas y el que ménos de esos venerables se cree merecedor de una car-

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