súbditos, por otro lado complicaciones internacionales que los acuitan y los amenazan, Roma presta seguro asilo á uñ tribunal de los errores del mundo, J á donde quiera que se vuelva l<! vista, ora al pueblo de esta Ciudad, ora á los ínumerab!es huéspedes que la piedad, la curiosidad ó el afon estudioso convocan y ocupan, ora en fin al Pontificc-Hcy que desde ella dirije los movimieutos de la vida moral del universo, no se vé, no se sien te, no se toca sino una. digamoslo así, atmósfera de confianza, no perturbada por ninguno de tantos rumores como aquí traen 8US ecos temerosos. Tenga lo que tuviere dispuesto la Divina Providencia en los arcanos de fo futuro, este, por de pronto, es un hecho demasiado notable para que podamos omitirle, y sobre todo, para que dejemos de dar por él, fervientes gracias al ·Supremo <lador de todos los bienes, en cuyas manos está el corazon de los reyes y el destino de las naciones. Lima, Mayo 11 de 1870. El corresponsal. Qiiííiri➔ EL GRAN ENEMIGO. · Existe una historia que há ya diez y nueve siglos van meditando los mas insignes talentos de todas las épocas y de todas la::1 regiones cultas, y que sin embargo se halla compendiada en pocas líneas destinadas principalmente por sus autorfS para enseñanza de los entendimientos mas humildes é ilustracion de los mas rudos. Corriendo va el universo esa narracion verdaderamente singular, que asi ejercita las mas laboriosas veladas del sábio corno la mente y el corazon de iunumerablés que ni aun con los lábios han tocado las fuentes del humano saber. Principio de toda ciencia pura los primeros, fundamento de la casi única que tienen los segundos, condicion necesaria de salud para todos, contiene en efecto esa historia, no solo noticia de la primera causa de todo cuauto es, sino ademas un tipo perfecto de cuanto se contiene en la sustancia de todas las demas historias, pues todas en efecto vienen á parar á ella como los veneros al manantial, ó parten de ella como de la fuente los arroyos. Protagonista de esa historia es un nazareno llamado Jesús, de quien se refiere en ella que bajado del Cielo, y encarnado en las entrañas de una Virgen, y despues de haber vivido y conversado con lo.,; hombres, pad-écio, y murió en suplicio de Cruz. Padeció, y para hacerle padecer, consta que movidas y guiadas por todas las potestades del infierno, se adunaron é hicieron alarde de toda su valía todas las potestades de ta tierra. Persiguiér~~le á una la envidia y el terror, la ceguedad de la ignorancia y el orgullo de la falsa ciencia; juntáronse y concertaronse para perderle el Imperio y la l\fonarquia, el Sumo Sacerdocio y la magistratura, la aristocracia y las turbas populares, la toga y la milicia. fotentó degollarle un Ucy, escarneciole otro, acusaro1lle doctores y dieron contra él falso te:itimonio, proce:iole un Senado, llevaron le al suplicio tropas de uu César, y In que es horrible sobre todo encarecimiento, cutregole á sns enemi~os por codicia uno de sus propios dbcípulos. Hubo, entre este monton criminal de perseguidores y de verdugos, un h-orn- _bre que en realidad hizo y dijo algo • para ver de salvar de los unos y de los otros á la víctima; un hombre que en realidad dió prnebas de que 110 qu<'- ria mal al reo; que alta á su modo dió muestras de interesarse por él, y q11e por añadidura no profesaba gé¡iero alguno de cariño ni de estinuicio11 ni á fos acusadores ui á les jueces; uu bomLA IGLESIA PUNEÑAº hre, por último, que si en lugar de ser Gobernador de una Provincia con poca gana de que le dejaran cesante, hubiera sido Emperador, por ejemplo) seguro de la lealtad de sus tropas, probablemente no habria consentido ni que aun se molestára nl presunto reo, ó cuando más le hubiera desterrado del Imperio para ahorrarse alborotos. Eu cuanto á los cargos que al reo se hacían, es evidente que a él no le importaba si tenían ó uo fundamento. Suma total: distando mucho- de ser bueno, era en rigor menos malo que to-• dos los <lemas culpables de la muerte de aquel procesado, en quien él no hallaba causa. Pues bien, en esa historia compendiada de aquella gran injusticia; en esa historia donde, por lo mismo que es un compendio, parece qne sus sapientísimos redactores, decididos a pronunciar el nombre de alguno de los causantes de la i11j'usticia, debieron escojcrlo de entre los mas señalados por su saña perseguidora, sucede que se ·desentienden de todos ellos, y escogen para · entregarlo con nombre y apellido á la execracion de la posteridad ¿á quién? precisa~ mente al único de quien consta que quiso evitar ó dismiuuir al meuos el atentado. «Padecio debajo ali~"! pm~el!' (I!e F"Oll1.• Ci@ Jll'U&i tO ." ¿Porqué este privilegio de odiosidad contra el Gobernador de la Judea? ¿porqué hacerle así, en resumen, principal responsable del deicic.lio no meditado por él, no querido por él, consumado contra su intencion manifiesta y contra su deseo patente de evitarle? · Y nótese bien: de los autores de esa história no pueden creerse ni que estuvieran mal informados, pues eran testigos presenciales de los hechos que narraban; ni que Re equivocáran por apasionamiento, pues eran modelos de mansedumbre; ui que erráran por escasez de juicio ó por falta de ilustracion, puC'S escribian, como hablaban y obraban, di1·ecta y perpétuamente asistidos por el espíritu mismo de Dios. Claro es por tanto que al expedir contra Pilato esa tremenda patente, no solo no cometieron, si110 que tampoco pudieron cometer error ni injusticia. ¿Porqué, pues, escoger a Pilatos como personificacion, digámoslo asi, de todos los deicidas? ¿porqué ú ése más que á otros aplicar tan solemne padron de ignomiuia, pregonándole en un documento destinado á símbolo universal de toda la doctrina y á compendio universal de toda la historia en él conmemoradas? El mas ignorante de los fieles podrá no haber oido, podrá haber olvidado la narracion evangélica, y por consiguiente podrá no conmemorar los nombres de Anas y Caifás, de Herodes y de Barrabas, de los Escribas y Fariseos; pero sí sabe lo que no puede menos de saber para salvarse., es decir, aquel si mbo!o, que es el símbolo de su fe, ese conoce el nombre de Poucio Pilato, y sabe qne bciy'o el JJoder del · mismo padeció el Salvador <le! mando. Y Poncio Pilato sin embargo quiso libertar de muerte al divino reo, y le sentenció de mala gana. . . . . . Pero Le sentenció. Pero tenia realmente potestad para ·absolverle; y medios para ha ce r cumplir su fallo absolutorio. Pero le constaba, y habia hecho manifiesta él mismo la injusticia de la seutencia condenatoria. Y sin embargo, le condenó. Por eso mereció privilegio de infamia: por eso su nombre va siendo rE:petido de generncion en generacion, durante todos los siglos y en todos los puntos de la tierra, y quizás en todos los instantes del tiempo, como signo de execracion para t,odos los amantes c.le la Verdad v de la '.'J usticin. .\ l~ora bierl. ¿Pecaremos nosotros de LCincrnrios ai pcn'iar que el vi cio vituperado en la persona de Poncio con caracteres tan singulares sea el más grande enemigo de la sacrosanta víctima crucificada por causa de él en el Calvario? ¿Traspasaremos el límite de la justicia creyendo que si ese vicio no es en sí mismo el más perverso, es de todas maneras el más dañoso á la integridad del bien? Al conjunto de las notas especiales que á ese vicio distinguen, y al de las cosas y personas manchadas por él, creemos darle nombre adecuado llamándole pilatismo. · El pilatismo constituye todo 1:m sistema, cuyo principio generador es el miedo, la pasion quizás mas ignoble de cuantas pueden degradar á la dignidad humana. Del avaro, del ambicioso, del libertino, del sanguinario, cabe esperar que alguna vez removida su alma por un impulso generoso, ó estimulados por un ejemplo de la respectiva virtud contraria, logren vencer el vicio que los domina. Cabe que el avaro abra una vez la bolsa y el corazon á vista de una gran miseria: cabe que el ambicioso deponga su orgullo ante un espectáculo de humildad siucera; cabe que el libertino reciba de un escarmiento la enmienda, ó que sepulte su liLertinage en la tumba del hastío: cabe, por último, que alguna vez el sanguinario sienta en su pecho de tigre palpitar entrañas de hombre. Pero el miedoso dificilmente hallará uua tregua en su miserable dolencia moral. Como al imán el acero, le at'raeerá siempre el halago de le\ fuerza dominante, y será esclavo perpétuo de cuanto tenga para él hasta la ·sombra de uu padecimiento ó de un peligro. Ahora bien, como en este mundo entregado de ordinario por la Providencia de Dios á las imperfecciones de la libertad humana, sucede que la fuerza injusta domina casi siempre, ó cuando menos, jamás deja de acechar la hora de su triunfo, de aquí que para el miedoso no haya jamás ocasion oportuna de vencer su flaqueza. Hoy teme al César, mañana á las turbas: ·ayer le acuitaba la perspectiva de la pobreza; hoy le causa mortales sudores el riesgo de ser escarnecido. Persíguele como sombra amenazadora la notoria procacidad de un gacetillero, y hácele temblar la sospecha de que le tengan por comensal importuno en taló cual banquetl:! de reformadores del género humano. Y sin embargo ese infeliz conoce el bien, y cuando se consulta allá ú sus solas, se responde á sí mismo, no con mentira, que le ama, que le segniria gustoso si pudiese hacer de ,•alde el viaje, que le recibiria en su casa si no le costase nada la hospitalidad. Y no solo conoce el bien, y no solo le ama allá secretamente, sino que en el fondo de su alma detesta, desprecia quizás ú ~us perseguidores. Pero el miedo le hace vivir con ellos, y por miedo á ellos, se apartará del mi smo bieu que conoce y que nma y que quisiera seguir, y por miedo dirá que 110 le coooce, y protestará que no le arn·a; y por miedo lo dejará escarnecer y crucificar, y tomará parte en el escarnio y en la crucifixioo. Y si se necesita en algun modo su antoridad ó su poJcr para consumar la obrn inícua, con su propia boca pronunci ará la sentencia, con sus propias mano:n levantará el patíbulo. Mil veces estuvo ya para romper la cadeua que le tiene aherrojado; mil veces tuvo ya de lábi.os adentro una palabra de protesta; míl proyectos háui~ k8 trazó para ver de evitar el delito, y aun dió para ello algun paso, y aun aventuró alguna indicacion furtiva ... , Pero su miedo estaba allí con él, y le tiranizaba, y uo le dejaba reposo, repitiéndole a toda hoi-a: «Si persistes en ese buen jmpulso, si osas consumar la obra que deseas, te declaramos nuestro enemigo: non es amicus Ccesa1·i .s. ,, ¡Con qué secreta admiracioo contempla la intolerancia doctrinal de la Iglesia! Con qué placer se proclamaría amante de lo que ella ama, y euemigo, de lo que ella detesta! Cuán majestuosa le parece proclamando y defendien-- do á costa de sangre la integridad de sus dogmas, la pureza de su moral, la. incolumidad de sus derec110s, la plenitud de su soberanía! Cuán conforme halla todo esto á su origen divino, á la ensellauza constante de sus doctores, á las tradiciones de su história, y sobre todo, á su divina mision de salvar al hombre y de encaminar á las sociedades humanas! ... Pero allí, delante de él, rodeándole como un circulo de fuego, estan las cien trompetas, las innumerables lenguas, las. innumerables plumas, las innumerables miradas, ora lisonjeras, ora amenazantes, del espíritii del siglo, de la civilizacion moderna, de los Césares, de las turbas, de los .filosofastros, de los estatolatras, de todos los 8oberbios, de todos los sibaritas, jt1ntas con las de todos los miedosos como el, y todas le dicen á un mis- · mo tiempo: «O con nosotros, ó á la Catacumba; ó con nosotros, o al Pretol'io· ó con nosotros, ó al Calvario.» > Tímidamente puede que la voz de su conciencia y su propia inclinacion le digan entonces: «Respóndeles que no quieres asociarte á su intento; usa de tu autoridad y de tu poder para apartarlos del mal propósito, defiende la verdad, salvate á tí mismo.» Ya, ya va á decirlo; sus lúbios se han entreabierto. Ya osó tartamudear la mitad de la verdad.... Pero cruje el)- tre los aires el ·gárrulo clamor: «Tu tambieu ultramontano! tú tambien oscurantista! tú tambien neo! tú tambien jesuita!. Non es arnicus Ccesaris.» Y otra vez triunfó el miedo. Y la verdad fué atada a la columna del sofisma, y azotada con el látigo de Itas confesiones a medias, y vestida con la púr• pura de un irrisorio acatamiento, y corc,nada con las espinas de u,1 consejo importuno, y adornada con .un cetro quebradizo, y entregada á la befa d~ los, Barrabases, y cargada co11 la cruz de las contradiccioues, y llevada por larguísima calle de amargura, y puesta en cruz y sepultada. Ella resucitara al tercero dia: lo sa hemos, lo esperamos. Pero entonces_ no ya so..!o entónces, sino también en~ tre tanto ¡ny de Pilatos! ;aJ di¡! su ra.za1 Entonces, y ya para siemp-re, cuantos le; yereu el compendio historico, del sa. crificio cruento de esa verdad, no dirán que murio por obra del volterianismo herodiano, ni del filosofi .:;mo saduceo, ni del forisaismo protestante, ui del regalismo enddioso, ni de la burocracia publicana, ni de la molicie gentílica, ni-de la demagogia barrabnsesca, ni de la brutalidad pretoriana, no: dirá solo, y lodirá pcrpétnamente, parn todas h;s rnzas y para todas las generaciones, "Padeció bajo el poder de Poncio Pila to .... En cuanto n nosotros, que teniendo y todo á ese desdichado por «el grande enemigo» le compadecemos profundamente, estamos tranquilos y gozosos, confiados en que hoy como ayer, y mañana como hoy, y por todos los siglos de los siglos, la verdad cruciúca<l-a y sepu I t,11! a, rcsurrexi t terlia die secitndimi Scripturas, et ascendit in cmlmn. (Del ,,Eco de Roma.») Por todo lo no firmadolGNACIO fERNA.NDEZ, IMPRENTA "LA IGLESIA PUNEÑA" DE 1\-JAtUANO c. l\Lrnn ' 1L1.
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