campo. Manuel Burga, un importante estudioso de la vida rural, ha sintetizado el cambio de la siguiente manera: «hacia mediados del siglo XIX había surgido un nuevo tipo de comunidad rural, basada en asociaciones voluntarias entre familias campesinas» (Burga & Manrique, 1995, pp. 32-34). Las cofradías competían con las mismas aldeas indígenas que les habían dado origen, y en muchos lugares las derrotaban, preparando el camino para la difusión de formas cívicas de vida. En ciertos aspectos importantes, las cofradías ampliaban el horizonte social de las familias y enriquecían la vida cívica, pero los lazos asociativos resultantes de ellas tenían a menudo el efecto opuesto. En vez de descomprimir y pacificar la vida social, producían con frecuencia prácticas anticívicas. En palabras de Luis Miguel Glave, «cuando las familias se enfrentaban unas con otras [en torno de los límites de las propiedades y cosas por el estilo], las discusiones eran imposibles de resolver y la furia era mucho más intensa que cuando se trataba de individuos que solo tenían vínculos comerciales entre sí» (Glave, 1992, pp. 206-207). Las cofradías generaban lazos cívicos entre los residentes rurales, pero también transformaban riñas insignificantes en disputas sangrientas, prolongadas y llenas de odio, que implicaban a las familias extensas y los amigos y contribuían a la propagación de formas anticívicas de vida. Florencia Mallon, una estudiosa que ha dedicado mucho trabajo al altiplano central en torno de Junín, nos proporciona un refinado análisis de este tipo de situaciones: La canalización del conflicto a través de las riñas comunitarias era un arma de doble filo […] porque podía transformar los problemas individuales entre comuneros en cuestiones de toda la comunidad. Así, las inevitables discrepancias entre comuneros —límites de los terrenos, superposición de derechos a las pasturas comunes, acceso al agua, la incursión de animales de una comunidad en los terrenos comunales de otra— ayudaban a perpetuar las innumerables pequeñas rivalidades entre individuos, provocando una competencia endémica y violenta. Y los cuentos sobre las peleas entre comunidades vecinas eran un hilo conductor tejido en la trama misma de la historia de las aldeas (1983, pp. 32-33). Estas prácticas quedaban grabadas en la vida pública de las localidades del interior y dejaban como residuo restos de formas cívicas y anticívicas de vida que daban forma a la sociedad civil de una manera compleja y contradictoria. 95
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