Las cofradías […] compuestas de indígenas y mestizos […] eran en general igualitarias. [En ellas, a pesar de la dominación racial existente en la región,] los mestizos no monopolizaban la representación [de los santos]. Muy bien puede ser que la vigorosa exposición de los indígenas en esas representaciones simbólicas, junto con el considerable patrimonio que volcaban en la cofradía, [hayan tenido influencia sobre los hechos] (Celestino, 1982, p. 152). La participación de cada uno en las celebraciones de los otros les permitía desdibujar los límites socioétnicos y ganar en tolerancia (Celestino, 1982, pp. 150-152; Diez Hurtado, 1993, pp. 172-183 y 187189). En el campo, la dispersión geográfica y el aislamiento social dificultaban a las familias forjar relaciones estables y duraderas entre sí. La vida rural, tanto dentro de las aldeas indígenas (ayllus) como fuera de ellas, entre pequeños agricultores como entre arrendatarios, se organizaba alrededor de la familia. Las cofradías religiosas reunían a las familias y les facilitaban el establecimiento de vínculos entre sí. Según sostiene el antropólogo histórico Alejandro Diez Hurtado, hacia mediados de la década de 1850, la palabra «ayllu», término quechua para designar el parentesco y que los aldeanos indígenas utilizaban para describir la vida social, fue desplazada por el término «cofradía». Las relaciones asociativas eclipsaron las relaciones familiares aun dentro de las comunidades aldeanas donde estas habían sido las más fuertes (Diez Hurtado, 1993, p. 184; Celestino & Meyers, 1981, p. 186; Contreras, 1989, p. 24). Las cofradías proporcionaban a los habitantes del campo un lugar donde estos podían forjar un «parentesco ficticio» con sus pares, y de ese modo se allanaba el camino para la difusión de las relaciones cívicas, sobre todo en la Arequipa rural y el altiplano central, alrededor de Junín. Los residentes rurales utilizaban esas relaciones ficticias para moverse entre sus hogares y los centros urbanos cercanos, pero sin perder su lugar social en sus propias comunidades, y desdibujaban con ello la añeja distinción entre «originario» y «forastero». Los integrantes de esas redes aflojaban y estrechaban los lazos sociales basados en el parentesco ficticio y facilitaban así las condiciones para el surgimiento de relaciones cívicas en gran parte del campo. En algunos lugares del país, las cofradías separaron los lazos de parentesco de las relaciones comunitarias, y de ese modo permitieron la propagación de las parcelas agrícolas individuales en la región. Los cambios en el régimen de tenencia de la tierra modificaron el carácter de la autoridad moral en el 94
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