y ocupacionales, y venerar y servir al mismo grupo de santos patronos. En otras palabras, la adoración de los santos alentaba el desarrollo de relaciones cívicas entre los residentes rurales (Diez Hurtado, 1993, pp. 154, 160-168 y 176). Las asociaciones también cobraban creciente autonomía con respecto a la Iglesia. Por ejemplo, muchas de las cofradías de Sechura (Piura), en el extremo norte, habían cortado los lazos institucionales con ella, lo cual imposibilitaba a los sacerdotes tener un papel decisivo en las elecciones y controlar sus registros financieros. Los asociados también levantaban capillas fuera de las iglesias, y de ese modo debilitaban aún más la autoridad religiosa de los sacerdotes (Diez Hurtado, 1993, pp. 153, 166, 169 y 175-176; Celestino, 1982, p. 151). En estas comunidades florecía la religiosidad popular, y gracias a ello las relaciones sociales entre clérigos y residentes rurales era cada vez más igualitaria y cívica. Las cofradías tenían sus raíces en formas locales de vida, que fortalecían las identidades subnacionales como un desafío a las que les imponían la iglesia católica y el Estado republicano. En las zonas rurales, las asociaciones con lazos cívicos más desarrollados eran las más exitosas en el plano económico y las más cohesivas en términos sociales; también se daba la situación inversa. Las cofradías que eran étnica y racialmente pluralistas tendían asimismo a diferenciarse en lo económico (con inversiones en propiedades urbanas, agricultura, comercio, etcétera); las que eran homogéneas invertían la mayor parte de su dinero en un solo sector económico. Una de las ventajas de obtener ingresos de diferentes fuentes era que de ese modo la asociación podía trasladar su inversión de un sector a otro a fin de protegerse de las depresiones económicas. En esta parte del Perú, la diversidad étnica, la diferenciación económica y la estabilidad financiera iban de la mano y contribuían al éxito de las cofradías religiosas. La ubicación geográfica era uno de los factores que daban forma a esta relación. Los grupos más diversos desde el punto de vista étnico se situaban a mitad de camino entre las comunidades indígenas y mestizas y sus miembros provenían de unas y otras. Pero los ingresos no eran el único beneficio que obtenían estas asociaciones étnicamente mixtas; también eran las más cohesivas. Como cada grupo étnico veneraba a su propio santo patrono, la asociación más diversa tenía que rendir culto a una gran cantidad de santos, lo cual brindaba a los miembros la oportunidad de mezclarse. En Sechura, las cofradías auspiciaron no menos de cuarenta y cinco celebraciones en 1846: 93
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