peruanos habían perdido la poca o mucha fe que podían haber tenido en el régimen democrático. Ninguno de los presidentes que llegaron al poder antes de mediados de siglo cumplió su promesa de emancipar a quienes habían servido en el ejército. Los negros siguieron siendo considerados como «propiedad privada» aunque el Perú era ahora una república soberana conformada por ciudadanos (Blanchard, 1992, pp. 8-9; Aguirre, 1993, pp. 10-40; El Comercio, 1844, 17 de febrero, p.2; 25 de abril, p. 2; Basadre, 1961-2, pp. 554-556). Para los negros, además, la monarquía no había dejado de ser una forma atractiva de vida porque les brindaba una oportunidad de recuperar su sentido de la autoestima y actuar con dignidad y decoro. Las reuniones eran ritualizadas en extremo. Se exigía a los miembros que adhirieran a la etiqueta local, aunque fuera del grupo, y sobre todo en presencia de sus amos blancos, solían fumar, se comportaban escandalosamente y mostraban otras actitudes groseras. Los esclavos y amos descontentos apelaban a las cofradías para mediar y resolver sus diferencias, dado que eran un mecanismo más barato y rápido que la presentación de denuncias formales en el tribunal de un juez local85. Para seguir cumpliendo esa función, las cofradías debían ser confiables tanto para el amo como para el esclavo, razón por la cual los encargados de resolver las disputas tenían que ser un tanto equilibrados e imparciales en sus fallos. Los casos se discutían de manera exhaustiva, y las dos partes presentaban todas las pruebas con que contaran en apoyo de su posición. Si ninguna de ellas conseguía persuadir a la otra o el encargado del caso se mostraba indeciso, este alentaba a las partes a hacerse concesiones mutuas y ayudaba al amo y al esclavo a llegar a un acuerdo sobre el precio de este último (Hunefeldt, 1994, pp. 20 y 170-179). Las cofradías utilizaban fondos de su propio peculio para comprar la libertad de los esclavos. Los manumitidos de esta manera permanecían ligados a la cofradía hasta devolver el total de su deuda (Radiguet, 1971, p. 77). Las cofradías eran uno de los escasos lugares donde amos y esclavos se encontraban como «casi iguales», y contribuían a reordenar las relaciones de autoridad entre ellos en otros ámbitos de la vida pública. Una vez que un esclavo había acusado a su amo de actuar arbitrariamente y sometido el caso al fallo de un dirigente de la cofradía, la experiencia lo marcaba y marcaba asimismo a quienes la compartían con él, haciéndolos conscientes del poder de las palabras. Está claro que esos intercambios no eran «situaciones ideales de habla», pero generaban en los esclavos una sensación de justicia (Aguirre, 1993, p. 197). 90
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