Manuel Atanasio Fuentes (1858, pp. 164-168, 209-211 y 609-611), primer censista del país, a mediados de la década de 1850 uno de cada quince adultos varones de Lima carecía de trabajo83. La decadencia de los gremios transformó a los artesanos limeños en parias. En su mayoría emigraron de los gremios a las tabernas barriales y las alamedas y plazas urbanas, convirtiéndolas en centros de la vida plebeya. Los gremios de Cusco y Arequipa sobrevivieron a la crisis. Los talleres de esas ciudades eran familiares: el jefe de la casa se desempeñaba como maestro y su mujer y sus hijos, más uno o dos aprendices, trabajaban como jornaleros. El número exacto de integrantes y la composición social de cada taller dependían de las condiciones económicas. Durante las depresiones, el maestro reducía la cantidad de aprendices y se limitaba a trabajar con los miembros de su familia; en los períodos de alza volvía a contratar a esos aprendices. Más de la mitad de los trabajadores de los talleres seguían cultivando sus parcelas familiares, lo que les permitía resguardarse en tiempos difíciles (Kruggeler, 1993, pp. 15-17 y 70-111)84. Los artesanos de Arequipa también fusionaban familia y labor y trabajaban tanto en talleres como en granjas. Además, y a diferencia de los artesanos de otros lugares, se desempeñaban en todo tipo de menesteres y se negaban a especializarse en una sola actividad, con lo cual aumentaban sus posibilidades de encontrar empleo durante los períodos de auge. Los artesanos arequipeños no eran especialmente calificados, pero tenían la aptitud de trabajar en diferentes oficios (Betalleluz, 1992, p. 154; Chambers, 1992, pp. 125-135 y 155). La vida del artesanado en Cusco y Arequipa era mucho más flexible que en Lima, y permitía a los residentes locales tener un lugar en la sociedad civil en una época en que sus pares de la capital estaban perdiendo el suyo. Los gremios peruanos democratizaron los lazos cívicos y proporcionaron a los grupos marginados un nicho estable en la vida cívica, haciendo que, desde un punto de vista racial y étnico, la vida pública estuviera mucho más integrada que antes, pero en el mismo proceso los grupos plebeyos que se incorporaban también debilitaban la autoridad sociomoral dentro de las asociaciones (Fuentes, 1860, pp. 227-228; Flores Galindo, 1983, pp. 336-337). Cuando estas asociaciones coloniales desaparecieron finalmente de la vida pública, el espacio yermo que era la sociedad civil fue aún más estéril. El campo religioso 88
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