La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

propietarios estaban demasiado divididos en facciones y no tenían el hábito de negociar entre sí, y ni hablar de organizar una coalición para defenderse del accionar del Estado (El Comercio, 1842a; 1842b; 1842c; 1842d; 1842f). Los gremios de artesanos tenían un papel crucial en el disciplinamiento de los grupos plebeyos y la protección de los derechos de propiedad (Gootenberg, 1992, pp. 67 y 338; 1985, pp. 142 y 168). Los artesanos peruanos estaban «comprimidos entre una élite blanca y un populacho de piel terriblemente oscura al que contribuían a contener […] por medio de rutinas y regulaciones laborales» (Gootenberg, 1992, pp. 32 y 338). Más de la mitad de los panaderos de Lima, por ejemplo, eran convictos. Ladrones de poca monta, delincuentes curtidos y artesanos calificados trabajaban lado a lado, una mezcla que tenía un efecto corrosivo sobre la vida moral de estos últimos: Entre el maestro artesano y sus jornaleros, aprendices y peones se establecía una relación caótica y sin regulaciones, [un problema al que hacían] continua alusión los artesanos y la élite política, [que lo consideraban] una de las grandes razones […] [de la declinación] de las manufacturas locales. Esta crisis de excesiva democratización dio pábulo a varios intentos de recrear el orden jerárquico colonial dentro de los talleres (Gootenberg, 1981, p. 183). La inclusión social socavaba la autoridad: hacía que los talleres fueran cada vez más igualitarios, pero también debilitaba sus propios fundamentos socioinstitucionales que, afectados por una fragilidad creciente, eran vulnerables a las recurrentes depresiones que padecía el sector interno de la economía. Su desaparición de la vida pública privó a los ciudadanos de distintas procedencias raciales y étnicas de la posibilidad de mezclarse y también de incorporarse a esa vida pública. Las depresiones económicas devastaron los gremios de Lima, pero dejaron indemnes a los de Cusco y Arequipa. Entre 1837 y 1847, la participación de los gremios limeños en el mercado cayó un 30%, por lo que estos se vieron obligados a hacer un corte radical en la cantidad de puestos de trabajo para los principiantes; como consecuencia, los talleres perdieron a muchos aprendices y los aspirantes a artesanos de la siguiente generación se alejaron, sin otra posibilidad que dedicarse a ocupaciones menores y no calificadas, como aguateros, barrenderos, domésticos y actividades similares. Con todo, la mayoría no fue tan afortunada y se hundió en el desempleo: solo podían ganarse la vida como bandoleros o ladrones (Fuentes, 1866, pp. 153, 164-168, 209-211 y 609-611)82. Según 87

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