de esclavos trabajaban en ellos, lo cual les permitía ganar un «jornal», entregar una parte a sus amos y utilizar el resto para comprar su libertad y la manumisión de sus familias81. Para estos esclavos, la posibilidad de ganar un salario, aprender un oficio, trabajar lejos de su amo y sentirse en contacto cotidiano con ciudadanos tenía un efecto transformador, y otro tanto ocurría con sus familiares y otros esclavos que vivían en la misma barraca. En ocasiones, una vez que obtenían su libertad, los propietarios de los talleres los mantenían entre su personal, y con ello se incrementaba la cantidad de negros en el sector artesanal, sobre todo entre los fabricantes de carruajes, actividad en la que llegaron a ser mayoría (Hunefeldt, 1994, p. 108). La situación era similar en otras ciudades del país. En Cusco, los mestizos representaban el 74% del total de trabajadores calificados; había indígenas (22%) y blancos (4%) que trabajaban con ellos, y esto hacía de los talleres un ámbito racial y étnicamente mixto, aun cuando no en la misma proporción que la composición social de la ciudad. Los gremios de Arequipa también estaban integrados: en ellos los mestizos eran una mayoría abrumadora, como reflejo de la composición socioétnica del lugar (Kruggeler, 1993, pp. 45-46; Chambers, 1992, pp. 99, 141-142, 181, 189190 y 196). Los lazos cívicos existentes en estos gremios mitigaban las diferencias raciales, étnicas y nacionales entre los plebeyos, con mucho el grupo más dividido del país, y les proporcionaban un lugar donde podían encontrarse como iguales sociales (Flores Galindo, 1983, p. 338; Hunefeldt, 1994, pp. 18 y 187-189; Aguirre, 1993, p. 163; Basadre, 19612, p. 563). Si bien los gremios de artesanos de Lima y otros lugares eran socialmente incluyentes e igualitarios, no sucedía lo mismo con su estructura de gobernanza: los maestros artesanos tomaban todas las decisiones en forma arbitraria y unilateral, sin consultar siquiera a sus trabajadores más calificados, nacionales o extranjeros. Este patrón de gobernanza reproducía el modelo de «mando y obediencia» vigente durante el período colonial entre la élite y la plebe, e incluso dificultaba cada vez más las negociaciones entre los propios maestros artesanos. Estos se habían acostumbrado a imponer su voluntad a quienes los rodeaban, sin pedirles opinión, y esa actitud se reflejaba también en su manera de concertar y romper sus acuerdos mutuos. A fines de la década de 1840, cuando los funcionarios gubernamentales comenzaron a disolver los gremios, los panaderos fueron incapaces de oponer resistencia alguna. Los 86
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