La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

identificaban —lo señalé antes— como súbditos coloniales y no como indígenas o ciudadanos del Perú. Entre sus oficiales había hombres de distintos orígenes étnicos. Cuatro de los campamentos rebeldes estaban instalados en fincas cocaleras de propiedad de criollos blancos, mientras que los otros tres se encontraban en aldeas indígenas. La tropa de los siete campamentos también estaba, étnica y socialmente, mucho más integrada que en Cusco. Por paradójico que parezca, este movimiento «se las ingenió para socavar las bases del orden colonial como no lo había hecho la propia república» (Méndez, 1996, pp. 327-328). Los eclesiásticos de Huanta tuvieron un papel secundario en el movimiento, pero ejercieron una fuerte influencia indirecta sobre él. El obispo de Huanta y sus sacerdotes habían difundido el probabilismo entre los fieles de la región y se negaban a proscribir su enseñanza, a pesar de que el obispo de Lima les había impartido la orden de hacerlo76. Los rebeldes de Huanta se consideraban adultos racionales y estaban incluso dispuestos a desafiar a la jerarquía de la Iglesia en defensa de su causa. En una carta de respuesta a un ofrecimiento del obispo de Lima para actuar como mediador entre los rebeldes y el ejército peruano, los insurgentes decían: Vosotros sois culpables de debilitar nuestra Santa Religión y el trono del rey Fernando. […] Si os atrevéis a pisar nuestra región, os escoltaremos hasta las orillas del [río] Marañón y os enviaremos a conquistar infieles, porque son ellos, no nosotros, quienes verdaderamente os necesitan. Nosotros somos C. A. R. [católicos, apostólicos y romanos] (citado en Méndez, 1996, p. 359). Los rebeldes de Huanta se veían como adultos racionales porque habían reprimido las pasiones y persistían en su lealtad a la España colonial. En su correspondencia privada con los insurgentes, Domingo Tristán, prefecto de Ayacucho, los describía como «niños ingenuos» y se presentaba a sí mismo como un «padre compasivo y benevolente» (citado en Méndez, 1996, p. 363). Los funcionarios gubernamentales, los comandantes del ejército, los párrocos, la élite provincial y los rebeldes insurgentes de Cusco y Huanta se describían unos a otros en términos católicos coloniales. Esta situación tenía consecuencias prácticas para los rebeldes que habían sido capturados, y muestra la enorme influencia de los «actos de habla» aun en condiciones bélicas. Como los indígenas eran calificados de irracionales, los funcionarios estatales coloniales y peruanos los indultaban; en cambio, los 79

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